domingo, octubre 09, 2011

Viajar

No me gusta viajar. Prácticamente lo odio. No soporto todos los preparativos y francamente conocer otros lugares no me llama la atención en lo más mínimo. Me aburre. Siempre fue así. Pero no tengo nada contra el hecho de viajar. Entiendo su esencia. Entiendo qué es lo que buscan los que gustan de viajar. Mi forma de viajar siempre fue escribir. Encerrarme en mí mismo y escribir. Contar alguna historia o simplemente desahogarme, mantenerme vivo cortándome, mutilándome y escribiendo con mi sangre. Escribiendo yo viajaba. Podía ir a cualquier lugar que quisiera. Y si ese lugar no existía, lo inventaba. Así la pasaba bien. Desde que tengo memoria. Y si me quedaba solo en casa, si mi familia se iba y me obligaba a pasar horas en soledad, era feliz, porque solo necesitaba papel y lapicera para hacer lo que quisiera. Escribir para mi era como viajar pero un millón de veces mejor. Aunque no, no era feliz, recién dije que lo era pero no. Vivía angustiado, ansioso. Sin embargo, mi mente se expandía a cada segundo, veía historias en cualquier lado, escribir era para mi como para cualquiera es bajar del colectivo en una terminal y ver el vasto mundo que tiene para recorrer y conocer. Pero un día eso se acabó. No, me equivoco. No fue en un día. Fue un proceso que llevó cierto tiempo. De a poco fueron surgiendo eso que la gente acostumbra a llamar "responsabilidades" y que no son más que puras mierdas que te obligan a irte a dormir a cierta hora, a levantarte a cierta hora, a usar cierta ropa (corbata, camisa y pantalón "de vestir" incluidos), a sonreir cuando en realidad querés romper algo, a saludar a alguien cuando en realidad querés putearlo o simplemente ignorarlo, a ir a lugares que nunca en tu vida pensaste que irías, a hacer tareas que en otro tiempo hubieras preferido morirte antes que hacerlas, a parecer un "adulto", un "hombre", un "trabajador", un "ser civilizado" cuando de buena gana romperías todo y a todos. De pronto estaba atrapado. De pronto quería viajar escribiendo como lo había hecho toda mi vida pero ya no podía. Prefería dormir una siesta, ver la tele, adormecerme con cerveza, mirar el techo, encerrarme en la oscuridad de un cine con mi novia y mirar (casi) cualquier cosa. Se me ocurrió que debía hacer algo al respecto. Aprovechar cada minuto libre, los fines de semana y los días feriado para sumergirme en lo que siempre me había gustado: esos mundos imaginarios, esos momentos de viajar a tierras de desahogo sin preparativos. Pero no podía. Me dejaba llevar, o más bien arrastrar por esta nueva etapa. Qué objeto tiene. No lo sabía antes pero ahora sí: en realidad siempre amé viajar. A mi modo, pero siempre lo amé. No había nada en este mundo que me interesara. Siempre quise irme, tal vez no en un colectivo en la terminal, tal vez no armando valijas, pero si inundando de palabras una hoja en blanco. Antes lo hacía y para mi era lo más natural del mundo pero ahora no puedo, olvidé cómo se hacía. Quiero pero, en el fondo, no tengo ganas. Prefiero aturdirme, descansar sin descansar. Duermo y me despierto aún más cansado. Quiero conocer gente como lo hacía antes pero ya no puedo iniciar ni una sola conversación. El mundo siempre fue un lugar triste, peligroso y desagradable, pero había otros mundos de los cuales yo tenía sus llaves. Ahora las perdí. Acabo de decir que prefiero aturdirme y descansar sin descansar pero no es cierto. No es eso lo que quiero. Lo que quiero y lo que siempre quise es seguir viajando. Pero ya no me sale.