martes, marzo 31, 2009

Los Intrusos

El primer intruso llegó al mediodía. El segundo, una hora después, y ya para el atardecer había veinte rodeando su casa. Al verlos, sintió una mezcla de rabia e impotencia. ¿Por qué habiendo tantos lugares para elegir, allá donde todo pasa, donde todo se encuentra, donde están las luces, los sonidos y los colores, por qué venían a invadirlo, a rodearlo, a quitarle su aire y su espacio? ¿Tenían derecho? Oh, claro que lo tenían, pero estaba seguro que nadie como él necesitaba vivir allí, al costado, solo, en medio del silencio, donde nada pasa. Lo había buscado toda su vida y ahora que por fin lo encontraba, aparecían todos esos intrusos (que ya calculaba en doscientos) y se instalaban en aquel lugar que él había descubierto. Seguramente la noticia seguiría propagándose y pronto llegarían doscientos, mil, tres mil más. Enseguida pasó de la rabia a la tristeza. Se apoyó sobre su ventana y se dedicó a observar a los intrusos. Descargaban sus pertenencias, que para él no eran más que molestas cargas de porquerías, brillantes y monótonas. ¿Qué hacer? Había que tomar una decisión y la única que se le ocurría era escapar, como ya lo había hecho anteriormente. Se imaginó huyendo de ese lugar que ya no le pertenecía para luego caminar errante por senderos perdidos hasta encontrar un nuevo lugar, hermoso y perfecto. Pero después imaginó que sería igual, que viviría feliz durante un tiempo y luego volvería a ser invadido por los intrusos. Traerían de nuevo su pesada carga de basura, se apropiarían de su lugar, de su aire y otra vez tendría que levantarse y escapar. No. Escapar no podía ser la solución. ¿Entonces cuál? ¿Quedarse y mirar como su lugar, el lugar que amaba, era transformado, invadido, pervertido? Siguió mirando por la ventana. Observó otra vez a los intrusos. Quizás ellos buscaban lo mismo que él. Quizás también necesitaban ese lugar. Quizás también aprenderían a amarlo. Se preguntó si acaso valdría la pena salir y conocerlos. Hablar con ellos. Interesarse por sus sueños y miserias. Tal vez él también podría aprender a amarlos. Tal vez dejaría de llamarlos intrusos. ¿Sería capaz de hacerlo? Dudó, reflexionó, se mordió los labios pero pronto se decidió y salió. Escapó, abandonó su lugar, lugar que ya no le pertenecía (ahora los calculaba en quinientos) y corrió errante por los senderos perdidos.

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