miércoles, febrero 18, 2009

Fútbol y piedras

Una vez estábamos jugando al fútbol con los chicos. Teníamos unos diez años. Armábamos épicos partidos en medio de la calle. El embole era cuando la pelota pasaba por encima de las piedras que formaban los arcos y nosotros decíamos que había “pegado en el palo” mientras los otros decían que había sido un tremendo gol. Pero más allá de eso, jugar al fútbol con los amigos en un atardecer de barrio no tenía comparación con absolutamente nada que yo conociera. La última vez que jugué fue en el 2001, en la clase de educación física (¿¿) de la secundaria. Nunca más supe lo que era correr detrás de una pelota, saltar por el aire, pegarle un patadón a uno sin querer, ir al arco y que un pelotazo te reviente las palmas de las manos, habilitar a un compañero y ver como va directo al gol ignorando por completo la ley del off-side y por supuesto, hacer un gol. Un golazo o un gol de mierda, ver como la pelota pasa por entre las dos piedras o los dos árboles, ver al arquero rival, que también es tu amigo, tirarse o quedarse parado, rendido ante tu gran o graciosa técnica, pero que, como sea, sirve para que tu equipo sume un gol más, quizás el gol del triunfo sobre la hora o el gol del honor que establece el 1-5. Eso ya pasó. Quizás un día tenga 35 años y trabaje en una oficina y nos juntemos un viernes a la noche a jugar al fútbol 5, ventas contra administración, solteros contra casados, y después el asado. Pero por ahora no hay más fútbol. Sin embargo estaba contando de una vez que estábamos jugando al fútbol con los chicos. Teníamos 10 años. Ese día había venido a jugar con nosotros por primera vez un chico del colegio, Franco se llamaba. Se juntaba y se reía con nosotros pero de fútbol ni hablar. En realidad, ni hablar de ninguna actividad física. Era gordo y medio tímido, bien estereotipo. Pero vino y jugó con nosotros. En algunos momentos del partido ciertos boludos lo trataron mal al ver que le erraba a la pelota cuando trataba de patearla. La idea era divertirse, no estábamos jugando una final. Después, el mal clima se disipó y todo volvió a la normalidad. Goles y un resultado incierto al final. Sin embargo el partido se echó a perder cuando apareció Mosquito. Era un viejo solitario y loquito que nos asustaba. Había leyendas alrededor de él. Secuestraba chicos o algo así. Por supuesto que no era cierto. Solo nos puteaba cuando pasaba cerca y a veces tiraba piedras. Venía caminando cerca de nuestra calle y, por supuesto, cuando nos vio empezó a putearnos. “Burros” gritaba. Me daba gracia el insulto. El Negro prefirió el siempre efectivo “Viejo puto” y todos nos unimos en las puteadas. Mosquito se puso más loco que de costumbre y gritaba. Enseguida empezó a tirar piedras. Algunos se asustaban pero otros le respondimos. Las piedras iban y venían. Era una escena bastante bizarra. Varios pendejos tirándose piedras con un viejo choto. Franco estaba emocionado. En un solo día estaba teniendo más acción física que en cualquier otro de su vida. Parecía tener muchas ganas de tirarle piedras a Mosquito pero no se animaba. “Dale, Franco, tomá” le dije sonriendo mientras le daba una magnífica piedra, gris, redonda y pesada. Mosquito levantaba las piedras que le tirábamos y nos la devolvía con fuerza pero sin puntería. Lleno de bronca gritaba “¡Burros, burros!” y no paraba. Nuestras piedras caían a su alrededor. Yo tenía muchas ganas de pegarle una, aunque fuera en una pierna, pero intentaba y apenas lo rozaba. Entonces Franco tiró la piedra que le di. Tiró por tirar pero le salió un disparo genial y hermoso. La piedra cruzó el aire, describió una curva y fue a dar justo en la frente de Mosquito, que lanzó un grito raro, como con flema en la garganta, cayó de espaldas y quedó duro en el suelo de la calle. Lo vimos desplomarse, nos asustamos. Miré a Franco y estaba pálido. Todos nos miramos “¿Qué hacemos, nos acercamos?” No. Salimos corriendo. El partido había terminado.

lunes, febrero 16, 2009

Objetos perdidos

Tengo algo que contarles a todos los lectores de este blog: cosas raras me están pasando. Cada dos por tres pierdo algo. Cualquier objeto que tenga en mi mano, a los pocos minutos lo estoy buscando desesperado para no volver a encontrarlo. Supongo que es porque ando extremadamente distraído y no importa cuánto intente concentrarme, en algún momento voy a sentir esa extraña sensación de despertar a la realidad y voy a exclamar un “la puta madre ¿dónde dejé ese libro/remedio/lápiz labial?”. Esto me pasa desde hace unos dos años y va creciendo. Antes observaba a alguien distraído cometer un error y pensaba en cómo podía ser tan descuidado, cómo podía no concentrarse, si al fin y al cabo no es tan difícil. Pero ahora me doy cuenta de lo casi inevitable que es. Me distraigo, me pierdo en un misterioso limbo mental, me enredo en mis pensamientos y cuando vuelvo a abrir los ojos me doy cuenta que no sé qué estaba haciendo. Trato de recordar porqué fui de mi pieza a la cocina o porqué abrí ese mueble. La mayoría de las veces lo recuerdo, aunque cada vez me cuesta más, pero lo que nunca puedo hacer es recuperar un objeto perdido. Ya he perdido una llave de tuercas, una pomada para la piel, plata y, como si fuera poco, mi documento. Lo raro es que muchas de las cosas que he perdido han sido en mi casa. Es decir que todavía tienen que estar ahí ¿No? Pero por más que busque por todos lados, que vea debajo de la cama, que meta la cabeza en lugares donde nunca podría estar esa mierda de objeto perdido, no encuentro nada y queda para siempre extraviado. Mi casa no es grande, no tiene tantas cosas, no tiene rincones oscuros ¿por qué se me pierden las cosas? Es una pregunta a la que siempre puse como respuesta “por boludo” pero hace dos días hablando de este asunto con mi mamá me dijo “hay dos razones porque las cosas se pierden: porque las descuidás o porque las guardaste demasiado bien”. La razón donde yo siempre creí que encajaba era “por descuidado” (o sea “por boludo) pero esta reflexión de mi mamá me hizo pensar en la otra posibilidad. Me dio miedo. Por primera vez en mi vida empecé a considerar la posibilidad de estar loco. Dudé un poco ¿Realmente quería dar ese paso? No quise pensar mucho más y me dirigí hacia una caja que Andrea me regaló con muchos regalos en su interior en un cumpleaños. Ahora la uso para guardar algunas cosas. La abrí y sentí una muy molesta sensación de decepción y satisfacción. Ahí estaba todo: libros, pomada para la piel, plata, lapiceras, la llave, papelitos, todos los objetos que creía haber perdido estaban en esa caja. Caja que, por cierto, rara vez abro. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué había hecho eso? Y lo peor ¿Por qué no me acordaba? Semejante descubrimiento quería decir que yo no había perdido nada, que mientras utilizaba esos objetos caía en una suerte de ¿sonambulismo? ¿hipnotismo? o lo que fuera, me levantaba y los guardaba en la caja. Luego despertaba, no me acordaba de nada y empezaba a putear por haberlos perdido. Increíble. ¿Estoy loco? ¿Loco en serio? ¿Tengo esa locura de verdad, que sin que te des cuenta te toma silenciosamente y te horroriza cuando la descubrís? En un estado casi de ensueño empecé a revisar la caja para ver si estaba el famoso documento que perdí hace un año. No estaba. Había otro documento, de una chica, dentro de una billetera que jamás había visto. Tenía plata y unas tarjetas. Qué ¿Ahora también me quedaba con las cosas que no eran mías? ¿O la había encontrado en la calle? Continué revisando la caja y descubrí un revólver. No sé nada sobre revólveres. Nunca toqué ni disparé ninguno. O por lo menos no me acuerdo.