viernes, diciembre 25, 2009

Blog recomendado: Los Secretos del Barrio:

Recientemente encontré un blog increible. Se llama Los Secretos del Barrio y es llevado a cabo por Julieta Figueroa, una chica de 19 años estudiante de periodismo. Es un blog extraño pero genial, una suerte de "blognovela" que te engancha desde el primer post. En Los Secretos del Barrio, Julieta nos cuenta que su papá desapareció sin dejar rastros cuando ella tenía 5 años. Catorce años después, ella se dispone a investigar ese misterio como un trabajo para la facultad y se termina encontrando con un viejo diario que el padre escribió a los 12 años. A partir de ahí, comienza una aventura que no deja respiro. Por un lado, Julieta transcribe de forma completa el diario del padre y, por el otro lado, nos cuenta cómo avanza su investigación y cómo trata de descubrir qué le pasó y porqué desapareció. El diario de su papá es simplemente impresionante. Una aventura al más puro estilo Emilio Salgari pero que transcurre en las calles de un barrio durante unas vacaciones de verano y que tiene a chicos de 12 años como protagonistas. Mucho misterio, mucha acción, algo de sangre, algo de magia y, al mismo tiempo, mucha nostalgia por las aventuras de la niñez, es lo que propone Julieta Figueroa en Los Secretos del Barrio. Según ella, le falta muy poco para terminarlo así que no se lo pierdan.

Advertencia 1: Hay que leerlo sí o sí en orden cronológico (va de nuevo el primer post http://lossecretosdelbarrio.blogspot.com/2009/05/presentacion.html)
Advertencia 2: Es MUY adictivo.

Link: http://lossecretosdelbarrio.blogspot.com

miércoles, diciembre 09, 2009

sábado, octubre 31, 2009

Nada es como antes

Antes escribía mucho en el colectivo. Me sentaba, pelaba el cuaderno y llenaba páginas con mi lapicera. El otro día iba en el A4 y quise retomar esa costumbre. La página quedó completamente en blanco durante todo el viaje. Cuando llegué a mi casa, lo único que me salió fue esto.

lunes, abril 27, 2009

El Secreto

Voy a contarles un secreto. Un secreto milenario que puede cambiarles sus formas de ver la vida. Un secreto muy especial que todos deberíamos poner en práctica. Se trata de nuestra actitud ante la vida. ¿Muchas veces te sentís ansioso? ¿Presionado? ¿Creés que no sos lo suficientemente bueno como para lograr tus objetivos? ¿Pensás que sos un inútil al que todo le sale mal? ¿Llegás a sentir que todos son mejores que vos? ¿Te da miedo hacer el ridículo? ¿Nunca te decidís a conseguir lo que querés? ¿Cada vez que te proponés salir afuera a cumplir tus sueños dejás que cualquier cosa te distraiga e incluso ponés excusas para no tener que hacerlo? Si te sentís identificado con estas preguntas es porque todavía no has oído hablar del Secreto que voy a presentarte. Seguramente miles de veces te han dicho que hay que ser optimista. Positivo. Que tenés que esforzarte, que tenés que creer en vos mismo, que tenés que decir que “sí”, que tenés que levantarte y pelearla, que tenés que creer que las cosas van a salir bien y sólo de esa forma vas a lograr tus objetivos. ¿Otra vez te suena conocido? Entonces prestá mucha atención porque ahora voy a revelarte el gran Secreto: hagás lo que hagás, pensés lo que pensés, seas positivo o negativo, creas que sos un tremendo groso o un pelotudo inútil que no sirve para nada, nada de eso tiene que ver con conseguir o no tus objetivos. Podés estar al borde del suicidio y de repente tener un golpe de suerte, o podés ser el tipo más positivo y optimista del mundo y que todo te salga para la mierda. Ese es el Secreto.

viernes, abril 24, 2009

Todos lo sabemos

Todos sabemos en qué anda. No son sospechas, hace rato que dejaron de ser sospechas. Ahora es una certeza absoluta. Nada podrá hacer que cambie de opinión. Sé que lo está haciendo y punto. Esta vez no servirían de nada las burdas explicaciones, las coartadas, las contradicciones. Quise creerle aquella vez y aunque no lo hice fingí que estaba todo bien. Me puse una venda en los ojos, unos tapones en los oídos y me corté la lengua. Pero hace poco cambié de actitud. Quise saber la verdad y lo confirmé. En otra época hubiera sido un mazazo, un golpe en el estómago, un palo en el orto, pero ahora solo fue una gran decepción. Y mucha tristeza. No tengo pruebas concretas pero no me hacen falta. Quisiera que la realidad fuera otra, que lo dejara de hacer, pero no está en mi cambiar las cosas ¿Decirle que lo sé? ¿Enfrentar de esa forma el problema? No serviría de nada, solo complicaría aún más el asunto y el más perjudicado terminaría siendo yo. Por momentos me da rabia y quisiera que recibiera un buen castigo. Después me da lástima. Después todo está estable, incluso estoy bien. Pero después todo vuelve a empezar. Es como una pesadilla, no le encuentro salida, asfixia, entristece, destruye. Los demonios se ciernen sobre todos nosotros pero no se da cuenta y sigue hundiéndose, haciendo lo que todos sabemos que hace (y no son sospechas, simplemente lo sabemos), pero ninguno quiere decir una palabra.

martes, marzo 31, 2009

Los Intrusos

El primer intruso llegó al mediodía. El segundo, una hora después, y ya para el atardecer había veinte rodeando su casa. Al verlos, sintió una mezcla de rabia e impotencia. ¿Por qué habiendo tantos lugares para elegir, allá donde todo pasa, donde todo se encuentra, donde están las luces, los sonidos y los colores, por qué venían a invadirlo, a rodearlo, a quitarle su aire y su espacio? ¿Tenían derecho? Oh, claro que lo tenían, pero estaba seguro que nadie como él necesitaba vivir allí, al costado, solo, en medio del silencio, donde nada pasa. Lo había buscado toda su vida y ahora que por fin lo encontraba, aparecían todos esos intrusos (que ya calculaba en doscientos) y se instalaban en aquel lugar que él había descubierto. Seguramente la noticia seguiría propagándose y pronto llegarían doscientos, mil, tres mil más. Enseguida pasó de la rabia a la tristeza. Se apoyó sobre su ventana y se dedicó a observar a los intrusos. Descargaban sus pertenencias, que para él no eran más que molestas cargas de porquerías, brillantes y monótonas. ¿Qué hacer? Había que tomar una decisión y la única que se le ocurría era escapar, como ya lo había hecho anteriormente. Se imaginó huyendo de ese lugar que ya no le pertenecía para luego caminar errante por senderos perdidos hasta encontrar un nuevo lugar, hermoso y perfecto. Pero después imaginó que sería igual, que viviría feliz durante un tiempo y luego volvería a ser invadido por los intrusos. Traerían de nuevo su pesada carga de basura, se apropiarían de su lugar, de su aire y otra vez tendría que levantarse y escapar. No. Escapar no podía ser la solución. ¿Entonces cuál? ¿Quedarse y mirar como su lugar, el lugar que amaba, era transformado, invadido, pervertido? Siguió mirando por la ventana. Observó otra vez a los intrusos. Quizás ellos buscaban lo mismo que él. Quizás también necesitaban ese lugar. Quizás también aprenderían a amarlo. Se preguntó si acaso valdría la pena salir y conocerlos. Hablar con ellos. Interesarse por sus sueños y miserias. Tal vez él también podría aprender a amarlos. Tal vez dejaría de llamarlos intrusos. ¿Sería capaz de hacerlo? Dudó, reflexionó, se mordió los labios pero pronto se decidió y salió. Escapó, abandonó su lugar, lugar que ya no le pertenecía (ahora los calculaba en quinientos) y corrió errante por los senderos perdidos.

miércoles, febrero 18, 2009

Fútbol y piedras

Una vez estábamos jugando al fútbol con los chicos. Teníamos unos diez años. Armábamos épicos partidos en medio de la calle. El embole era cuando la pelota pasaba por encima de las piedras que formaban los arcos y nosotros decíamos que había “pegado en el palo” mientras los otros decían que había sido un tremendo gol. Pero más allá de eso, jugar al fútbol con los amigos en un atardecer de barrio no tenía comparación con absolutamente nada que yo conociera. La última vez que jugué fue en el 2001, en la clase de educación física (¿¿) de la secundaria. Nunca más supe lo que era correr detrás de una pelota, saltar por el aire, pegarle un patadón a uno sin querer, ir al arco y que un pelotazo te reviente las palmas de las manos, habilitar a un compañero y ver como va directo al gol ignorando por completo la ley del off-side y por supuesto, hacer un gol. Un golazo o un gol de mierda, ver como la pelota pasa por entre las dos piedras o los dos árboles, ver al arquero rival, que también es tu amigo, tirarse o quedarse parado, rendido ante tu gran o graciosa técnica, pero que, como sea, sirve para que tu equipo sume un gol más, quizás el gol del triunfo sobre la hora o el gol del honor que establece el 1-5. Eso ya pasó. Quizás un día tenga 35 años y trabaje en una oficina y nos juntemos un viernes a la noche a jugar al fútbol 5, ventas contra administración, solteros contra casados, y después el asado. Pero por ahora no hay más fútbol. Sin embargo estaba contando de una vez que estábamos jugando al fútbol con los chicos. Teníamos 10 años. Ese día había venido a jugar con nosotros por primera vez un chico del colegio, Franco se llamaba. Se juntaba y se reía con nosotros pero de fútbol ni hablar. En realidad, ni hablar de ninguna actividad física. Era gordo y medio tímido, bien estereotipo. Pero vino y jugó con nosotros. En algunos momentos del partido ciertos boludos lo trataron mal al ver que le erraba a la pelota cuando trataba de patearla. La idea era divertirse, no estábamos jugando una final. Después, el mal clima se disipó y todo volvió a la normalidad. Goles y un resultado incierto al final. Sin embargo el partido se echó a perder cuando apareció Mosquito. Era un viejo solitario y loquito que nos asustaba. Había leyendas alrededor de él. Secuestraba chicos o algo así. Por supuesto que no era cierto. Solo nos puteaba cuando pasaba cerca y a veces tiraba piedras. Venía caminando cerca de nuestra calle y, por supuesto, cuando nos vio empezó a putearnos. “Burros” gritaba. Me daba gracia el insulto. El Negro prefirió el siempre efectivo “Viejo puto” y todos nos unimos en las puteadas. Mosquito se puso más loco que de costumbre y gritaba. Enseguida empezó a tirar piedras. Algunos se asustaban pero otros le respondimos. Las piedras iban y venían. Era una escena bastante bizarra. Varios pendejos tirándose piedras con un viejo choto. Franco estaba emocionado. En un solo día estaba teniendo más acción física que en cualquier otro de su vida. Parecía tener muchas ganas de tirarle piedras a Mosquito pero no se animaba. “Dale, Franco, tomá” le dije sonriendo mientras le daba una magnífica piedra, gris, redonda y pesada. Mosquito levantaba las piedras que le tirábamos y nos la devolvía con fuerza pero sin puntería. Lleno de bronca gritaba “¡Burros, burros!” y no paraba. Nuestras piedras caían a su alrededor. Yo tenía muchas ganas de pegarle una, aunque fuera en una pierna, pero intentaba y apenas lo rozaba. Entonces Franco tiró la piedra que le di. Tiró por tirar pero le salió un disparo genial y hermoso. La piedra cruzó el aire, describió una curva y fue a dar justo en la frente de Mosquito, que lanzó un grito raro, como con flema en la garganta, cayó de espaldas y quedó duro en el suelo de la calle. Lo vimos desplomarse, nos asustamos. Miré a Franco y estaba pálido. Todos nos miramos “¿Qué hacemos, nos acercamos?” No. Salimos corriendo. El partido había terminado.

lunes, febrero 16, 2009

Objetos perdidos

Tengo algo que contarles a todos los lectores de este blog: cosas raras me están pasando. Cada dos por tres pierdo algo. Cualquier objeto que tenga en mi mano, a los pocos minutos lo estoy buscando desesperado para no volver a encontrarlo. Supongo que es porque ando extremadamente distraído y no importa cuánto intente concentrarme, en algún momento voy a sentir esa extraña sensación de despertar a la realidad y voy a exclamar un “la puta madre ¿dónde dejé ese libro/remedio/lápiz labial?”. Esto me pasa desde hace unos dos años y va creciendo. Antes observaba a alguien distraído cometer un error y pensaba en cómo podía ser tan descuidado, cómo podía no concentrarse, si al fin y al cabo no es tan difícil. Pero ahora me doy cuenta de lo casi inevitable que es. Me distraigo, me pierdo en un misterioso limbo mental, me enredo en mis pensamientos y cuando vuelvo a abrir los ojos me doy cuenta que no sé qué estaba haciendo. Trato de recordar porqué fui de mi pieza a la cocina o porqué abrí ese mueble. La mayoría de las veces lo recuerdo, aunque cada vez me cuesta más, pero lo que nunca puedo hacer es recuperar un objeto perdido. Ya he perdido una llave de tuercas, una pomada para la piel, plata y, como si fuera poco, mi documento. Lo raro es que muchas de las cosas que he perdido han sido en mi casa. Es decir que todavía tienen que estar ahí ¿No? Pero por más que busque por todos lados, que vea debajo de la cama, que meta la cabeza en lugares donde nunca podría estar esa mierda de objeto perdido, no encuentro nada y queda para siempre extraviado. Mi casa no es grande, no tiene tantas cosas, no tiene rincones oscuros ¿por qué se me pierden las cosas? Es una pregunta a la que siempre puse como respuesta “por boludo” pero hace dos días hablando de este asunto con mi mamá me dijo “hay dos razones porque las cosas se pierden: porque las descuidás o porque las guardaste demasiado bien”. La razón donde yo siempre creí que encajaba era “por descuidado” (o sea “por boludo) pero esta reflexión de mi mamá me hizo pensar en la otra posibilidad. Me dio miedo. Por primera vez en mi vida empecé a considerar la posibilidad de estar loco. Dudé un poco ¿Realmente quería dar ese paso? No quise pensar mucho más y me dirigí hacia una caja que Andrea me regaló con muchos regalos en su interior en un cumpleaños. Ahora la uso para guardar algunas cosas. La abrí y sentí una muy molesta sensación de decepción y satisfacción. Ahí estaba todo: libros, pomada para la piel, plata, lapiceras, la llave, papelitos, todos los objetos que creía haber perdido estaban en esa caja. Caja que, por cierto, rara vez abro. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué había hecho eso? Y lo peor ¿Por qué no me acordaba? Semejante descubrimiento quería decir que yo no había perdido nada, que mientras utilizaba esos objetos caía en una suerte de ¿sonambulismo? ¿hipnotismo? o lo que fuera, me levantaba y los guardaba en la caja. Luego despertaba, no me acordaba de nada y empezaba a putear por haberlos perdido. Increíble. ¿Estoy loco? ¿Loco en serio? ¿Tengo esa locura de verdad, que sin que te des cuenta te toma silenciosamente y te horroriza cuando la descubrís? En un estado casi de ensueño empecé a revisar la caja para ver si estaba el famoso documento que perdí hace un año. No estaba. Había otro documento, de una chica, dentro de una billetera que jamás había visto. Tenía plata y unas tarjetas. Qué ¿Ahora también me quedaba con las cosas que no eran mías? ¿O la había encontrado en la calle? Continué revisando la caja y descubrí un revólver. No sé nada sobre revólveres. Nunca toqué ni disparé ninguno. O por lo menos no me acuerdo.

lunes, enero 19, 2009

Quedan formalmente invitados

A mi nuevo blog/espacio/página. La idea es escribir sobre temas que no van con la onda de Gusto a Plástico pero que también me interesan como el marketing, la comunicación, la literatura, la creación de historias, los cómics, el cine, la publicidad y esas cosas aburridas.
Por supuesto que le seguiré dedicando tiempo a Gusto a Plástico (¿queda alguien que lo lea?)
¡Pasen si tienen ganas!