viernes, junio 06, 2008

Rael conoce a Máximo

Rael va de visita a la casa de unas amistades. Dichas amistades tienen un hijo de 3 años que se llama Máximo. A Rael le causa cierta gracia que se llame así cuando mide menos de un metro. El niño también le causa una buena impresión. Rael siente “ternura”. Máximo es inquieto y habla mucho. Da vueltas por la casa, se sube encima de Rael, dibuja y corre y luego vuelve para mostrarle a Rael sus dibujos. Rael se ríe y se asombra de no tener que fingir que Máximo le cae bien. Realmente le cae bien. Solo hay un problema: Máximo es demasiado inquieto. Muy curioso, corre por todos lados, levantando objetos y hablando. No para de hablar. Rael comienza a abrumarse por la energía de Máximo. “¿Cuándo se cansará y se irá a dormir?” se pregunta. Pero eso no solo no sucede sino que además, las amistades de Rael deben salir de urgencia y lo dejan a solas con Máximo. “Son solo 20 minutos” dicen. “¿Los 20 minutos más largos de mi vida?” se vuelve a preguntar Rael. Y Máximo vuelve a la carga. Juega con Rael, corre, habla, levanta objetos, dibuja, muestra sus dibujos, se sube encima de Rael, le hace preguntas, vuelve a correr… Rael comienza a impacientarse. Mira el reloj y solo han pasado 5 minutos. La energía de Máximo se lo lleva por delante. Rael yace cansado sentado en un sillón. De buena gana huiría de Máximo y se escondería en algún lugar de la casa. Máximo se va para la cocina. “A ver si el pendejo se porta y me trae algo de comer” piensa Rael. De pronto escucha ruidos de metales que caen al piso. Rael se estremece y lo primero que se le viene a la mente es la palabra “cuchillos”. Rael se levanta de su cómodo sillón y va para la cocina. En cuanto entra siente un profundo ardor en el brazo. “¡Te dí, te dí!” grita Máximo. Rael se mira el brazo derecho y no puede creer lo que ve: un manantial de sangre brota de una de sus venas abiertas. Máximo con un cuchillo en la mano lo mira sonriente. Rael se toma fuertemente el brazo. La impotencia de no poder detener la sangre que se escapa con velocidad de su cuerpo lo desespera. Y Máximo vuelve a la carga. Sus pequeñas manos se vuelven peligrosas y pretenden “darle” de nuevo. Rael lo esquiva incrédulo y un “¡Pará, pendejo de mierda!” se le escapa de su boca. Máximo parece no escucharlo y lo persigue por toda la casa riendo y tratando de “darle” más cuchillazos. Rael no puede creer lo que está viviendo pero solo puede correr por la casa mientras riega todo el blanco piso con su roja sangre. Rael no puede usar sus manos para detenerlo porque están muy ocupadas impidiendo que la sangre siga saliendo. “¡Mirá, Máximo, me cortaste, me vas a matar! ¿Ves? La gente se muere cuando le das con un cuchillo”. En cuanto termina de pronunciar esa frase, Rael se da cuenta de lo ridícula que suena. Sigue corriendo y Máximo no se detiene. Rael siente que se descompone, que se desmaya. Un fuerte dolor en la pierna lo vuelve a la vida: Máximo le ha vuelto a dar. Rael sabe que tiene que hacer algo. El pequeño Máximo no se va a detener en breve. Rael se detiene y lo espera. Máximo llega pronto dispuesto a clavarle el cuchillo, quizás en el estómago o quizás más abajo (¡). Entonces Rael lo patea. Sí, como si fuera una pelota de fútbol. Como si fusilara a un arquero en una definición por penales. Máximo vuela y se estrella contra una pared. “No vale” dice con una cara triste y luego cae en el blanco piso.