lunes, diciembre 11, 2006

Rael va al pasado

Caminando bajo el fuerte sol en una desolada siesta, Rael experimenta una sensación muy difícil de explicar. La combinación de colores, aromas, sensaciones y seguramente algún otro elemento invisible lo lanza al pasado por unos breves segundos. No lo hace tener recuerdos ni falsos recuerdos sino que por unos breves segundos siente que verdaderamente se convierte en ese pendejo que iba caminando al colegio, en los últimos días de clase. Por un momento cree que ha vuelto a ser adolescente, lleno de placer por la vida y con algo de ansiedad, que camina por la siesta de verano, o casi verano, en un año no muy lejano, quizás 1998. Por un instante el paisaje, el aire, ha cambiado y todo es como en el pasado. Pero los segundos mueren y Rael vuelve a diciembre de 2006, bajo el fuerte sol en la desolada siesta. Entonces quiere volver. Quiere lanzarse nuevamente hacia el pasado aunque sea por otros escasos segundos pero por más que lo intenta no puede. La combinación de colores, aromas y sensaciones ya no dan resultado. Rael se llena de frustración. No se lamenta por el presente ni desea volver a vivir viejas épocas. Simplemente quiere poder experimentar ese viaje al pasado a voluntad.
Sigue caminando por las solitarias veredas de aquel barrio que no conoce y que lo fascina y al pasar frente a una casa observa las negras rejas de hierro que se levantan en la entrada. Detiene su mirada en las afiladas puntas con forma de flecha y entonces sí, se lanza al pasado de forma vertiginosa, pero no a 1998 sino a mucho antes, cuando era más chico y jugaba al fútbol en la calle con sus amigos. Y vuelve a mirar cómo la pelota rebota y salta las negras rejas y cae en el jardín de esa casa. Y mira como uno de sus amigos pretende demostrar su destreza trepando por las rejas para llegar al jardín y recuperar la pelota. Pero otra vez lo ve resbalar y casi siente que es él mismo el que es atravesado por las afiladas puntas en forma de flecha. Y mira a su amigo retorcerse y lanzar un grito que se ahoga y se transforma en un sonido muy similar al que hace una persona que vomita, y de hecho lo ve vomitar, mientras las afiladas rejas se elevan por encima de él y le atraviesan el estómago. Ve colgado a su amigo mientras la sangre se derrama y cae como cascada en los mosaicos de la vereda. Pero después los breves segundos mueren y vuelve a diciembre de 2006, bajo el fuerte sol, cuando ya es casi verano.

3 comentarios:

YAYA dijo...

El pasado, ese pasado. La proeza de escaparle a la mala suerte no la puede nadie, ni el más ágil.

un mero individuo dijo...

Solo los hombres crean rejas

GER! dijo...

No sé por qué, pero siempre que veo esas rejas me imagino a alguien trepando y resbalar para ser atravesado por esas filosas puntas. Será el morbo inconsciente.