jueves, julio 27, 2006

Me levanté y me fui de ahí

Mi hartazgo llegó a su punto máximo y mandé la facultad a la mierda. Me faltaba todo el 3er año y dos materias de 2do para recibirme de “Técnico Superior en Diseño Multimedia” (¡OOooOOh! ¡Guauuu!) pero consideré que no iba a tener nada de fuerzas/motivación/ganas/voluntad/interés en seguir y chau, a otra cosa. Ya en el 2002 había hecho 1er año de Cine y TV y también me pudrió y lo dejé poco antes de los exámenes finales.
La pregunta que más tengo que escuchar luego de una decisión como esta es “¿y ahora qué vas a hacer?” y también se suceden comentarios de todo tipo pero los más frecuentes son cosas como “uuh, pero por qué? si te falta tan poco”, “un título es muy importante”, “deberías preocuparte por tu futuro”, “¿por qué dejaste? ¿no te gustaba? entonces estudiá algo que te guste”
En mi caso, no se trata de estudiar algo que me guste. Mi ¿problema? es que estudiar no me gusta. No me gusta meterme en un aula, escuchar a una supuesta autoridad en el tema (solo porque en su casa tiene un pedazo de papel colgado en la pared que así lo indica), escuchar cómo habla y enseña y da trabajos prácticos y toma lista y después nos da un examen para ver si aprendimos lo que enseñó. ¡Pero que se vaya a la mierda todo eso!
¿Mi futuro? Pero si el futuro no existe ¿Alguien lo vio? (si es así, por favor que se juegue y me diga que número salió a primera en la quiniela)
En el futuro me puede pasar cualquier cosa. Me puedo levantar temprano, tomar el café – o el mate cocido, ojo – acompañarlo con unas galletas de agua, subirme al A3 para ir al trabajo, llegar, sentarme en mi escritorio, después volverme a mi casa. Me pueden despedir. Me pueden subir el sueldo. Me puede atropellar un auto. Me puedo comprar un auto (no creo). Me puedo morir de hambre, me puedo atragantar con la comida, me puedo enfermar, encontrarme con algún amigo que hace mucho que no veo, puedo andar haciéndome el novio y engañar a mi novia y que ella me engañe a mi, pelearme con todos, suicidarme, tocar en una banda, vivir debajo de un puente, cortarme las venas, o cortar el pasto. Puede pasar cualquiera de esas cosas o ninguna. ¿A quién le importa el futuro? A mi no. ¿Me importa el presente entonces? No.

Pero lo cierto es que no estoy estudiando ni lo pienso volver a hacer. Se acabó el juntarse con los compañeros a complicarse la vida para hacer un trabajo que “hay que presentar para el lunes” y discutir y hacer y rehacer, se acabó el preguntarse una y otra vez “y qué mierda hago acá”, se acabó el aguantar a profesores pelotudos y cuadrados que ponen notas, se acabó el tener que estudiar absurdos enunciados de mierda para aprobar exámenes, se acabó figurar en una lista y decir “presente” cuando dicen tu nombre, se acabaron los recreos, los bancos y sillas, los timbres, las “horas-cátedra”, los “múltiple choice”, se terminaron esas palabras grotescas como finales, guías de estudio, secretaría académica, libreta, inscripciones, se terminó tener que escuchar a tus compañeros hablar sobre el futuro como si pudieran manejarlo. Todo eso se terminó.
¿Y ahora que sigue? ¿Vendrán cosas mejores? ¿O peores?
Creo que ni mejores ni peores: iguales. Diferentes pero iguales.
Aunque la verdad, no me importa.

miércoles, julio 19, 2006

El último día con 22 años

Quiero escribir algo para el blog. Hace mucho que no escribo y ya estoy sintiendo la necesidad casi como de vida o muerte de hacerlo. A fin de cuentas, escribir es lo único que en verdad todavía me mantiene vivo. Escribir es casi como agarrar un puñal y cortarse por todos lados y ver como la sangre se escapa de las venas y va pintando todo. Solo que en un papel y con una lapicera, bah. Quiero escribir. Y más que escribir, lo que quiero es aliviarme, desahogarme, vomitar esa podredumbre que me consume por dentro (si es que acaso está adentro). Sé que aunque lo haga no será más que un simulacro… no, no un simulacro. Una ilusión. Eso es. La ilusión de creer que me libero de la podredumbre que me consume desde adentro, que me ahoga el alma. Solamente una ilusión. Porque en realidad va a seguir ahí, matándome de a poco. Pero al menos por un momento me voy a creer la ilusión y me voy a sentir en paz. Bueno, me fui al carajo. Lo que decía es que quiero escribir algo, disfrutar del alivio que me da involucrarme en ese proceso y después leerlo y al menos por unos segundos tragarme la ilusión de que me hace sentir bien.
Entonces quiero escribir sobre algunos pensamientos y sensaciones que he experimentado en los últimos tiempos. También sobre algunas cosas que me han pasado. Entonces me acuerdo que mañana cumplo 23 años. “El último día con 22 años” parece ser un título épico/romántico/poético/oscuro/ymuchasboludecesmás. Me parece un buen título para lo que quiero escribir. Pero al final ¿Qué voy a escribir? Quiero decir, vomitar, que me siento inquieto y estático, indiferente y comprometido, entusiasta y frustrado, amargado y feliz… no, feliz no… vivo, más vivo que cualquiera y con muchas, muchas ganas de morir. Quisiera decir muchas cosas. Quisiera decir que cada vez me siento más cerca de caer al pozo de la angustia, pero la angustia de la buena, esa que subyace en la mente y que por más que te andés riendo por ahí como un pelotudo, te va comiendo, literalmente, te va matando sin piedad, por eso es una angustia de la buena. No es esa que se te va cuando te ponés a escuchar música “que te pone bien arriba”. No, esta no se va. Quisiera decir que a pesar de “trabajar en lo que me gusta”, de “la salud”, de “la familia”, del sol, la tierra, la sal, los ojos para escuchar, y los oídos para mirarla, esto me está matando. No, no me está matando. Me tortura. Me tortura con sadismo bestial, me toma el pulso para ver hasta dónde aguanto, me da un respiro, y cuando me recupero y estoy listo para lo que sea, y me siento vivo (más vivo que cualquiera), entonces vuelve a aplicar su poderosa técnica y vuelvo a desfallecer. Y las cosas que quería no las tengo, solo son caricaturas de lo que quería, pero al fin y al cabo son reales, porque lo que yo quería no existía, sino solamente en mi mente. Y la verdad es esta. Que vi su voz, que escuché sus gestos y movimientos, que… ¡era ella! Ahí estaba, que me parecía perfecta, porqué no, celestial, y yo, tan humano, tan miserablemente terrenal, tan vivo (más vivo que cualquiera) pero hecho de carne, de carne que se pudre, y por más que extienda mi mano no la puedo tomar, no. Solamente mirar su voz y escuchar sus movimientos. Quisiera escribir que otra vez me voy a encerrar en ese edificio, a complicarme la puta existencia con problemas ficticios y demasiado artificiales, y todo para darle el gusto a alguien que se va a morir antes que yo. Otra vez a ser aplastado y manipulado –como todo el mundo- pero con la diferencia de que yo voy a estar todo el tiempo consciente, con los ojos bien abiertos, mirando como se llevan de a pedazos lo poco que me queda de vida. ¿Y todo para qué? Para nada. Tan visceral como suena: para nada. Entonces me dan ganas de decir algo que ya escribí una vez (en otro arrebato de sangre que chorreaba a través de las heridas cortantes sobre el papel): que las cosas han dado una increíble vuelta de 365 días para caer otra vez en el mismo lugar.
Y tantas otras cosas que quisiera decir y no me salen.

viernes, julio 07, 2006

A la memoria de Colita

Ayer a la mañana, después de más de 10 años de vivir con nosotros, nos dejó nuestra perra Colita. Se enfermó del hígado y su extraordinaria fuerza le permitió aguantar durante una semana, sin quejarse, fiel a su estilo. A pesar de nuestros esfuerzos, del veterinario, y los remedios, no se pudo hacer nada y ahora ya no sufre y se va del mundo dejando un recuerdo imposible de borrar.
La Colita llegó a casa un domingo 17 de noviembre de 1996. Un auto la había atropellado cerca de casa. En ese momento calculamos que tenía 6 meses de edad. La trajimos y estuvo bajo nuestros cuidados durante un breve tiempo hasta que empezó a hacer gala de su gran fortaleza recuperándose de manera inmediata. La única secuela que le quedó era que al sentarse, una de sus patas tendía a irse hacia un costado. Pero por lo demás siempre fue una perra fuerte y llena de energía, siempre andaba contenta, una perra que le encantaba que le acariciaran la cabeza, que nunca lloraba, muy, muy buena, que le fascinaba hacerse amiga de la gente, especialmente de los niños, con quienes mantenía un magnetismo especial. Nunca nos vamos a olvidar de su cuerpo macizo y completamente negro, de su pelo corto y brillante, de su gordura, que tampoco era tal porque estaba llena de músculos, de sus ojos saltones, de sus pequeñas patas, de sus orejas que le caían a los costados y que volaban cuando corría por el patio, de su formidable cola, que no paraba de mover y que tanto la caracterizaba, hasta tal punto de darle el nombre que siempre llevó. Siempre nos vamos a acordar cómo le encantaba comer, su gusto por el asado y todo lo que fuera carne, aunque en realidad comía de todo y nunca le hizo asco a nada; cómo le gustaba escaparse metiéndose por el pequeño espacio que dejaba la puerta de alambre, y se iba a correr y a sentirse y a saberse libre, junto con sus amigos Charly y el Perrito, quienes hace unos meses también nos dejaron (se fueron por ahí y no volvieron); su miedo a los fuegos artificiales y cómo durante las fiestas se metía en la casa a esconderse en algún rincón hasta que pasara el ruido, lo friolenta que era y cómo a pesar de su gusto por la calle y la libertad, en cuanto bajaba el sol se cansaba de callejear y se metía en su caja a dormir en su colchón. Lo compañera que era, siempre acompañándonos en todo (incluso autora de grandes hazañas como seguir a mi hermano y a mi viejo mientras ellos iban en bici al hiper), el miedo que le tenía al agua, sus ladridos de alegría cuando por la mañana salíamos al patio a saludarla y a abrirle la puerta para que saliera al mundo. Su bondad, su extrema bondad de inocente animal, siempre dando más de lo que recibía. Su fidelidad infinita. Estoy seguro que ella hubiera sido capaz de dar su vida por nosotros. Y de alguna manera lo hizo. Nos dio la alegría de compartir 10 años y 8 meses con nosotros. De hacer más agradable nuestro paso por esta vida injusta. La Colita, nuestra perra del pasado misterioso, de la alegría, bondad y fuerzas incansables se fue de este mundo y ya no estará sujeta al tiempo, ni al espacio, ni a la tristeza, ni a la enfermedad. Y pronto nos volveremos a ver.

lunes, julio 03, 2006

La historia hoy

Actualmente, la historia no la escriben los que ganan. La escriben los que se ponen del lado de los que pierden, pero que al fin y al cabo, no son ellos quienes han perdido.