sábado, julio 30, 2005

La Cena está lista

Oye, hijo, las cosas están de este modo
Una radio en mi cuarto me lo dice todo
No preguntes más
Tenés sábados, hembras y televisores
Tenés días para amar aún sin los pantalones
No preguntes más

Sui Generis- Instituciones (1974)


Hace un rato terminé de leer un libro más que interesante: Los Amos de la Globalización- Internet y Poder en la Era de la Información, escrito por la periodista española Nuria Almirón y publicado en 2002.
Con un lenguaje directo, entusiasta y hasta “combativo”, la autora brinda un análisis profundo sobre lo que se ha dado en llamar “la Sociedad de la Información”, que no es otra cosa que la era que estamos viviendo, marcada por la innovación tecnológica y cuyo símbolo principal es Internet.
Nuria describe con lujo de detalles quiénes son los amos del mundo, aquellos poderosos que controlan Internet, que fabrican las redes, los equipos y el software que usamos para conectarnos, que ponen en órbita sistemas de satélites como Echelon, diseñado especialmente para interceptar nuestras comunicaciones en busca de supuestos terroristas. Amos del mundo que se enriquecen en base a sus oscuros negociados y que además son dueños de los principales medios de comunicación del planeta y desde allí construyen una imagen positiva del absurdo Sistema que pregonan y sostienen.
Nuria nos da docenas de nombres: Gobiernos como el de EE.UU. y la Unión Europea que influyen en organismos internacionales como el FMI, el Banco Mundial y las organizaciones destinadas a “legislar” Internet como el ICANN y la W3C. Gobiernos que impulsaron el neoliberalismo con el fin de “liberar el mercado, acabar con los monopolios e incentivar la competencia en busca de una mejor calidad de vida para todos los ciudadanos” y solo lograron crear enormes monstruos privados como Telefónica, la cual tiene alianzas con docenas y docenas de empresas en todo el mundo como Antena3, Telefé, el Grupo Clarín, Endemol, Patagonik Film Group, Lycos, Terra, Torneos y Competencias y varios más. Gigantescas compañías que devoran a otras más pequeñas, las compran, las ahogan a través de la competencia desleal –y con el guiño cómplice de los gobiernos- para así expandirse hasta todos los rincones del globo.
Nuria nos habla también de dos tremendos imperios como el de AOL- Time Warner y la compañía francesa Vivendi, a quienes describe como empresas dueñas “no solo de las cañerías sino también del agua que circula por ellas”. Empresas que explotan las telecomunicaciones y los contenidos que se pueden encontrar allí. AOL-TW es dueña de revistas como Time y Fortune, de canales de televisión como la CNN y HBO, compañías cinematográficas como Warner Bros y New Line Cinema…
Vivendi comenzó como la compañía que proveía de agua a la población francesa y ahora explota importantes marcas en las industrias de, a saber: la TV y el cine, la música, las editoriales, las telecomunicaciones e Internet. Lógicamente, si hablamos de monopolios tremendos, Nuria dedica también un capítulo a Microsoft.
Leyendo un libro como éste, observando un poco más allá de lo que nos rodea, escarbando la superficie, tratando de escuchar, aún cuando el intenso ruido no nos deja, alejándonos del tumulto, aunque sea por unos momentos y detenernos a mirar, uno concluye que al fin y al cabo, el mundo es gobernado por un reducido grupo de individuos, que hablan, respiran y morirán algún día exactamente igual que nosotros, pero que son inmensamente ricos, dueños de compañías cuyas cifras que facturan da asco transcribir, gobernantes con un poder difícil de imaginar, que negocian entre ellos y nos dan hamburguesas, películas con elfos y hadas, música fuerte y espectáculos al aire libre (como el Live 8), pornografía y teléfonos celulares con lindos colores para mantenernos contentos y distraídos. Y generan la cultura y la contracultura. Si no nos gusta Windows nos dan Linux, si no nos gusta Tinelli nos dan a Pergolini o a Pettinato, si no nos gusta Boca nos dan a River, si no nos gusta Coca tenemos Pepsi, si no nos gustan las películas de disparos y naves espaciales porque son “demasiado burdas” nos dan historias más “humanas” con personajes que luchan por un sueño y vencen a la adversidad. Y nos hacen creer que todo es posible siempre y cuando no seamos tan imbéciles de autoexcluirnos de este gran Sistema. Y basta con que nos distraigamos por un segundo para terminar creyendo que nuestra meta debe ser meternos en una universidad a estudiar y “capacitarnos” para después salir al “mundo competitivo” ya “preparados” y poder entrar a trabajar a una oficina con aire acondicionado. Que nuestra meta debe ser mantenernos jóvenes y bellos a base de horas de “gym”, de yogures de la eterna juventud para rodearnos de otros bellos y jóvenes representantes del sexo opuesto, fumando buenos cigarrillos y tomando “tragos re locos”. Que nuestra meta debe ser ir a Europa a trabajar en una multinacional todopoderosa que nos salvará y comprarnos un auto modelo 2005 y llegar a la oficina luciendo nuestro nuevo saco.
Y mientras los ricos son cada vez más ricos y llevan sus Imperios hasta el límite de la imaginación, millones de personas se mueren de hambre, deambulan por hospitales buscando curar sus enfermedades, se preocupan tratando de mantener el inestable trabajo que consiguieron y se ahogan buscando una explicación.
La autora de Los Amos de la Globalización no pretende dar soluciones mágicas. Tampoco se pone del lado de nadie. Solo presenta a la clase trabajadora como la víctima principal de este problema. Pero concluye diciendo, con asombrosa lucidez:

“…a lo que rendimos culto es al placer de la vida vacua y superficial, exenta de problemas de subsistencia y responsabilidades existenciales. Exenta de la necesidad de pensar. Es el culto a la vida fácil. Es la tiranía del placer y la comodidad que está atontando nuestras conciencias”

Y eso es lo que el ser humano busca desde el principio. Pero aún cuando lo consigue, se siente vacío, muy vacío.

lunes, julio 25, 2005

Cambiante

La semana que viene tengo exámenes finales todos los días. La verdad, he estudiado poco y nada y creo que así seguirá siendo en las próximas jornadas. Me siento extraño, de hecho, este post probablemente suene muy extraño. El aburrimiento quiere vencerme y aunque no quiera me parece que me va a ganar lo mismo. Mis energías han descendido abruptamente y a la mente le cuesta un montón salir de este estado de sopor en donde se ha sumergido.

Los niños juegan afuera
Puedo escuchar sus gritos alegres
Saltan y corren
Y cuando crezcan
Jugarán con el cuerpo inocente de alguien
Y gritarán de desesperación
Saltarán sobre los débiles
Y correrán tras lo inalcanzable

Y ahora intento descubrir a qué se debe este tedio que se ha apoderado de mí. En realidad, no me molesta. Eso es lo más curioso. Por lo general, la gente se queja del aburrimiento y desea romper un poco la monotonía. Que puedan o no puedan es otra cosa. Entonces reflexiono un poco y pienso que lo que nos mantiene vivos a todos es esperar. Siempre se trata de esperar algo, aunque más no sea la cosa más insignificante y pelotuda del mundo. Se puede trabajar para que eso que esperamos llegue cuanto antes, se puede buscarlo, o también se puede seguir como siempre esperando que se presente por sí mismo. Se puede esperarlo con una terrible ansiedad, o con pesimismo pensando que jamás llegará, o todo lo contrario. Podría decirse que el hecho de esperar cosas es lo que le da sabor a la vida. Entonces pienso que, quizás, mi aburrimiento se deba a que ya no tengo nada que esperar.

“Crece rápido, hermano árbol
Que se hagan grandes tus ramas
Que tus frutos sean delicias
Que se haga perpetua tu presencia en la tierra
Crece y vence al tiempo”
Eso cantaban tus amigos
Y no se dieron cuenta
Que habías muerto, hermano árbol


¡Ah, las supuestas responsabilidades! ¡Las cosas que quisiéramos que pasen! Hay mucho por hacer, dicen. Trabajar, correr apresurados porque no hay tiempo que perder, estudiar, amar y tanto hay para mirar. Despertarse para que los sueños se hagan realidad, dicen. Pero frustración sobre frustración equivale a matar voluntariamente lo que esperábamos. Entonces me pregunto si acaso no es antinatural matar cada una de nuestras esperanzas y ya no querer nada. Y que todo me dé igual, y que la monotonía parezca proclamarse como vencedora y que las supuestas responsabilidades me importen una mierda. Eso. Ya no hay nada.

Me vieron sentado en el parque
Mirando la Nada
Tenía una melancólica sonrisa, eso dijeron
Pasaron jovencitas de eterna hermosura
Riendo y brillando
Y solo miré la Nada
Y la gente se amontonaba y quería trozos de grandeza
Y algunos querían cambiar al mundo
Y otros querían cambiarse a sí mismos
Pero, dijeron, que yo solo estaba sentado en el parque
Mirando la Nada
Con mi melancólica sonrisa.

Entonces digo que me conozco. Y que si hoy el aburrimiento se proclama vencedor y ya no tengo nada que esperar, mañana bien puede ser diferente. Y dejaré que el entusiasmo vuelva. Y me verán hablar con ánimo y algunos dirán que les gustó lo que hice. Si, mamá, vas a ver cómo mis ojos brillan. Y seguramente pareceré el mismo de siempre. El de ojos marrones que se ríe y parece tranquilo y feliz, aunque no lo sea. El que, a pesar de todo, sabe que Dios lo cuida. El que todavía tiene algo de ganas de hacer cosas. Quizás, hasta cometa la tontería humana de ilusionarme con algo, otra vez. Si alguien me quiere acompañar, es bienvenido.

Qué cosa rara que resulta todo esto
Al final solo es un estado mental
De mirar pero no mirar
Y sentir pero no sentir
Y quién podrá vencer a su propia mente
Y quizás eso que tanto estamos esperando
Ya lo tenemos.

miércoles, julio 20, 2005

Un post para el día de tu cumpleaños

Hoy, 20 de julio de 2005 a las 20 horas, cumplí 22 años. Además de Madre, Padre y Hermano, vino un tío a saludar. Llamaron por teléfono las abuelas, otro tío y Julieta. Por Messenger recibí saludos de Victoria, Emilia, Maxi Juncos, Javier, Carina y algunos más. Y por mail recibí los buenos deseos de Morita, Pablo Aguiar, Gladys, Candiles, entre otros. Hubo torta de chocolate, música de Genesis y Marillion y eso fue todo.
Y ahora me resulta inevitable pensar en lo que ha pasado de un año a esta parte. Muchas cosas he vivido, muchas personas he conocido, pienso que he madurado en varios aspectos. Y me miro a mí mismo cumpliendo 21 el año pasado. Tenía sueños. Hace un año esperaba cosas. Hace un año quería hacer muchas cosas. Hace un año me sentía como quien se para frente a un inmenso campo y se alegra mirando todo el camino que hay para recorrer. También, hace un año tenía una desagradable ansiedad pensando en todas las que aún no había hecho. Y me movilizaba y quería hacerlas.
Pero ahora no hay nada de eso. Ahora me contemplo y me miro con 22 años y pienso que solo eso ha pasado, años y sólo años, nada más. Pienso que el tiempo avanza velozmente devorándolo todo, tragándose la gente, las vivencias, los proyectos y las palabras. Pienso que ahora tengo 22 años y que todo siempre es igual, que solo vamos acumulando días y días sobre nuestra espalda hasta que la muerte nos alcanza.
Pienso que ahora no tengo ganas de vivir. Pienso que ya no hay manera de lamentarse por las oportunidades perdidas simplemente porque ya no hay oportunidades que perder. Pienso que ya no quiero hacer nada. Y ahora todo me da igual. Y me paro y miro el inmenso campo que se despliega frente a mí y no me interesa y pienso que todo el camino para recorrer solo es vana ilusión, no es nada, nos lleva siempre al mismo lugar. Y otra vez pienso y me dicen que tendría que organizar algo, que tengo que estar bien, que no hay que deprimirse, que tengo que pasarla bien con mis amigos pero en realidad, solo puedo escribir. Escribir un post para el día de mi cumpleaños.

domingo, julio 17, 2005

Vana ilusión

Porque ¿qué tiene el hombre de todo su trabajo, y de la fatiga de su corazón, con que se afana debajo del sol? Porque todos sus días no son sino dolores, y sus trabajos molestias; aun de noche su corazón no reposa. Esto también es vanidad.

Eclesiastés


En estos últimos días he estado ocupado con varias cosas especialmente en el ámbito laboral donde han aparecido interesantes proyectos. He dado muchas vueltas por el centro encontrándome con diversas personas, haciendo trámites y etcétera. He estado en casa trabajando en esos proyectos. Tampoco me he olvidado del ocio: he dormido hasta tarde, me he quedado charlando a través del Messenger, he visto amigos que hacía mucho que no veía. También he pensado en hacer una pequeña celebración en mi casa el viernes con motivo de mi vigésimo segundo aniversario de existencia (que por cierto, el aniversario se cumple este miércoles 20)
En fin, he hecho muchas cosas, he pensado en otras tantas, han surgido muchas ideas. Sin embargo, ahora me detengo a pensar. Pienso en lo temporal que es todo. En lo rápido que pasan las cosas. Pienso en que todo tiende a desaparecer. Pienso que nada será para siempre. Pienso que al fin y al cabo, todo es igual.
Entonces pienso en mis proyectos. Pienso en las cosas que hago. No solo en el estudio y en el trabajo sino en todo. Reuniones con amigos, las cosas que escribo, las cosas que digo. ¿Para qué lo hago? Pienso en el dinamismo, en el entusiasmo que he tenido durante estos últimos días de supuestas novedades, en las esperanzas que han venido a mi mente. ¿Para qué? ¿Qué cambia o qué deja de cambiar? ¿A alguien le importa? ¿Acaso durará para siempre? ¿De qué sirve hacer cosas si de todos modos se perderán? ¿Acaso no me moriré algún día? ¿Podré llevarme algo, cualquier cosa, de lo que hice o tuve en vida? ¿Acaso quedarán los recuerdos? Pienso que ni siquiera los recuerdos.
Entonces pienso en toda la gente. Esa gente que estudia y quiere terminar su carrerita para que le den un título y no “morirse de hambre en el futuro”, esa gente que trabaja y se levanta a las 5 de la mañana, esa gente que lucha por un sueño, o sino, esos otros que solo buscan la forma de “pasarla bien”, o también los otros que piensan en tener cada vez más plata y más poder. Pienso en todos ellos. ¿Para qué se molestan? ¿Para qué estudian, para qué trabajan, para qué quieren más, para qué sueñan, para qué aman, para qué lo que sea?
¿Para qué sale el sol todos los días, para qué llueve, para qué siguen naciendo niños, para qué empezamos proyectos, para qué escuchamos música, para qué se escriben libros?
¿Para qué camino por el centro, para qué trabajo, para qué sigo, para qué hablo con mis amigos, para qué pienso en celebrar mi cumpleaños, para qué respiro, para qué escribo esto?
¿Acaso no terminará todo?
¿Acaso algo cambia?

domingo, julio 10, 2005

Ansiedad

Ojeando el diccionario busco la palabra "ansiedad" y veo que dice "estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo". Después agarro un libro y en una parte dice que "la palabra en inglés para ansiedad proviene del inglés worry que a su vez proviene del alemán worgen que significa ahogar". En otra parte del mismo libro dice que el vocablo ansiedad viene del griego merinmao que quiere decir "mente dividida". Inquietud, ahogar, mente dividida. Todo hace referencia a la ansiedad. Bien. Entonces uno se imagina a un tipo desesperado que tiene mil cosas para hacer y no le alcanza el tiempo y lo ataca una crisis nerviosa y le llega el estrés y se enferma. O quizás se imagina a un ama de casa ocupada con un montón de tareas, con los hijos alrededor jodiendo y con un marido desocupado. Está bien, son ejemplos válidos. Pero no hace falta recurrir a situaciones tan extremas para hablar sobre la ansiedad. La ansiedad está en todos lados. En las cosas más insignificantes de nuestra ordinaria existencia. La ansiedad come los huesos. O como lo diría algún científico: la ansiedad nos caga a palos.
La ansiedad es preocuparse demasiado por algo. La ansiedad es angustiarse porque algo nos falta. La ansiedad es encontrar cosas que siempre están mal. La ansiedad es amargarse por algo que no puede ser cambiado. La ansiedad es esperar todo el tiempo que las cosas mejoren.
La ansiedad es amargarse pensando en todos los trabajos que hay que entregar y correr desesperado de acá para allá intentando llegar a tiempo, es pensar todo el tiempo en esa persona con temor a perderla, es volverse loco porque no tengo trabajo o porque el trabajo que tengo no me gusta, o porque hoy es sábado y me quedé en mi casa en lugar de salir, es esperar que eso que tanto deseamos llegue de una buena vez, es trabajar y esforzarse y desesperarse porque no vemos los frutos.
Y hay más. Esta sociedad, este sistema con gusto a plástico incentiva la ansiedad, la alimenta continuamente y nos hace creer que es algo bueno, que preocuparse por querer más y más es inteligente, que pensar continuamente en nuestro futuro es de personas capaces que miran más allá. Y sacan productos y más productos que hay que comprar, que hay que tener sí o sí porque sino perdemos el tren de la historia. Y no me refiero solamente a celulares y cámaras digitales, sino también a yogures mágicos que como padres responsables debemos darles a nuestros hijos todos los días de su infancia para que no se enfermen de terribles enfermedades, a cremas poderosas que hacen que las mujeres sean más lindas y jóvenes, programas de televisión supuestamente divertidos que lograrán "desenchufarnos" y de paso nos encajarán alguna publicidad de un banco.
Y vemos miles de fotos de chicas perfectas y las mujeres quieren ser como ellas y los hombres las desean y los chicos que terminan la secundaria son bombardeados por eso que llaman "oferta académica" y tienen que decidirse rápido e inscribirse porque sino no serán triunfadores sino unos fracasados que se morirán de hambre. Y también nos dicen que hay que aprovechar el tiempo porque la vida es corta y nos ofrecen boliches y viajes a Europa y trolas y putas y alcohol y películas y ropa de moda y más trolas y más putas. Y para contrarrestar tanta ansiedad después nos traen libros de autoayuda que hay que comprar y leer para ser libre y ser feliz.
Y todos los días alguien inventa un concepto nuevo, una idea que hay que poner en práctica para no quedarse afuera, para no autoexcluirse.
Y no importa que tan sabios seamos, que tan libres nos consideremos. Uno divide su mente en docenas de cosas y cree que de eso se trata, uno anda apurado y piensa que es lo correcto, lo ahogan el tiempo, las presiones de la gente que lo rodea, los nuevos conceptos y productos, la idea de querer algo con tal persona, la búsqueda de la supuesta felicidad… y tanto ruido y tanto movimiento le impiden detenerse y pensar si realmente vale la pena, si realmente esto es vida.
Y viene el ahogo. Y la ansiedad te come vivo.

viernes, julio 08, 2005

Atentado

Sangriento atentado en Irak

Un gigantesco grupo armado conocido como “Estados Unidos de Norteamérica” (EE.UU) cuyo líder intelectual es George Bush, asistido por la histórica organización terrorista “Reino Unido” más una docena de células mercenarias está llevando a cabo un ataque masivo en este país árabe.
Hasta el momento, el saldo es de miles de muertos y heridos.
El motivo de tan brutal ataque parece ser el de “restituir la paz en Irak y en el mundo”, sin embargo, todo hace indicar que los verdaderos objetivos de EE.UU y sus aliados son los de apropiarse de las reservas de petróleo que posee Irak así como hacerse del control de toda la región.
Asimismo, el líder de la principal organización terrorista del mundo, George Bush, ha emitido varios comunicados en donde amenaza con realizar más ataques en diferentes partes del mundo sino se cumplen sus demandas.

jueves, julio 07, 2005

Miren qué idea


He decidido escribir una novela. No puede ser que el ya de por sí saturado mundo de la literatura no cuente con algún librejo mío. Si escribe cada uno, porqué no puedo escribir yo. Y se me ha ocurrido una idea de la gran puta madre. El título tentativo para dicha novela es “El Código A5”. Pienso que si me pongo en el trámite, soy capaz de terminarla en un mes, mandarla a alguna editorial y tiempo después estar autografiando ejemplares en el Patio Olmos. Pero tampoco me olvido de lo vago e irregular que soy. La novela puede quedar inconclusa para toda la vida. Por lo tanto, voy a desistir de escribirla por el momento y me voy a conformar con contarles muy brevemente la sinopsis.
El Código A5 sería la historia de Martín, un estudiante cordobés de Filosofía, (alto, lindo e inteligente, como yo, dicho sea de paso) que todos los días toma el colectivo A5 para volver a su casa. Pero poco a poco, empieza a notar que en los boletos hay extrañas combinaciones de números. Por ejemplo, en uno de ellos nota que él es el pasajero número 777, en otro boleto, le toca el número 033. Martín comienza a inquietarse y piensa que detrás de estas cifras se esconde un mensaje que puede cambiar muchas cosas. Al mismo tiempo, nota extraños sucesos en su vida normal. Gente que lo sigue, misteriosas llamadas telefónicas… Es entonces cuando una extraña chica que se hace llamar Rebeca se contacta con él y juntos deciden investigar que hay detrás de todo esto. Poco a poco van descifrando los códigos que aparecen en los boletos y las pistas los van llevando hacia las entrañas mismas de la Iglesia. En el camino, se encontrarán con docenas de personajes que saben más de lo que parece, como un pibe limpiavidrios que en el pasado fue abusado por un cura adicto a los repelentes para mosquitos, o la operadora de un cyber que cree ser descendiente de Jack el Destripador. En medio de todo el quilombo, Martín y Rebeca descubren impresionantes secretos que durante años fueron ocultados por la Iglesia y el Gobierno, también evitan una catástrofe ecológica, detienen una invasión extraterrestre, vuelven dinosaurios a la vida, encuentran las manos de Perón y un tema inédito de Bach y descubren que Buda, Jesucristo, Mahoma y algún otro en realidad se casaron con muchas mujeres y se fueron en un platillo volador.
Y después, rumbo a Joligud.

miércoles, julio 06, 2005

El de "Gusto a Plástico" se mandó cualquiera

Así es. Me fui al carajo con ese poema de la T. Pero qué quieren, yo no lo oculto, soy de Talleres y me la banco (por ahí tendría que haber hecho otro poema para el 4 de julio ya que ese día se cumplió un año del descenso, pero apenas intenté escribirlo, las lágrimas me borronearon la vista y no daba)
Y bueno. Quizás ahora he perdido mi áurea de icono y oscuro progre (y ya que estamos: “anti-progre”) suburbano cordobés. Ahora quién me va a tomar en serio cuando escriba sobre suicidas, caminos que no llevan a ninguna parte y posmodernistas que critican a otros que no lo son. “Ah, pero el de Gusto a Plástico es un pelotudo hincha de Talleres que se hace el poeta”. “Se hace el interesante y el profundo pero después sale con cada estupidez…” “Y encima puso una foto de la hinchada, andá a cagar…”
Pero así es la cosa. Este sujeto al que le gusta escribir cosas en un blog y que el 20 de julio va a dar inicio a sus 22 años de “perder el tiempo” (hace mucho que quería poner un link que lleve a otro artículo del blog!), que teoriza sobre el suicidio, que se manda intentos de poemas desesperados, que habla pestes de la educación terciaria/universitaria, que no quiere caer en la mentira de “el sentido de la vida es hacer lo que te gusta”, también se ríe mirando Rush Hour 2 (aguante el negro y Jackie Chan), lee el Patoruzú y Los Pitufos (y encima lo disfruta!), se muere de risa con bloopers de gente que se cae y se hace pelota, le gusta cuando en el programa de Tinelli imitan a algún famoso, le gusta hablar de fútbol con Abril (ella me dice “pecho frío” y yo le recuerdo la plata que habrá puesto Macri en las cuentas bancarias de la AFA, el Colegio de Árbitros y porqué no, de la FIFA, para que Boca ganara todo lo que ganó en los últimos años), además, habla con Javier sobre las caras que ponen las chicas que chatean en los cybers, hace torneos de videojuegos con su Hermano y Gasper, Terminator 3 le pareció excelente y cayó víctima de un profundo sopor cuando vio El Señor de los Anillos, entre otras cosas poco “intelectuales”.
Quizás, sea tan solo un muchacho de barrio... al que no le gusta ni Callejeros, ni la Mona y mucho menos la Bersuit... (Qué boludo ese pelado, por favor)

Pero, es más. Los invito a todos para mi cumpleaños. Traigan palitos, chicitos (¿o "chizitos"?), tutucas, las acompañamos con buenas cervezas, miramos Tonto y Retonto y Comando y después pongo el CD con música disco de los 70 de mi mamá.
Y bueh... para equilibrar, después recordamos diálogos de Los Simpsons.

martes, julio 05, 2005

5 de Julio de 1998


Aglomeración de personas
En el Chateau Carreras
Y la radio que transmite el mensaje
Y el verde césped pisoteado
Y el Norte Azul y Blanco
Que repite la Historia
Y al mismo tiempo lo elude
Magistralmente.
Y el círculo se cierra perfecto
Y esta vez las lágrimas son de alegría
Del otro lado, el Sur se vuelve triste
El Celeste del cielo se vuelve gris
Porque el sueño se ha destruído
Porque han caído rendidos
Bajo los pies de la Historia
Y no tienen consuelo
Y no pueden vencer
A aquello que ha sido escrito
Desde la fundación del tiempo
Porque la T se hace grande
Porque por un momento
La T se vuelve indestructible
Porque las manos de Cuenca
Te dijeron que no
Y el tiro del Lute Oste
Te terminó de matar
Y el Tigre nos hace subir
Las escaleras hacia lo alto
Y ahora entendemos
Que solo esto podía pasar
Que el tiempo se detiene
El 5 de julio de 1998
Y de ahí en más
La espina ha quedado enterrada en tu carne
Y nunca te las vas a sacar
Caen rendidos ante Talleres
Lo aplauden y reconocen su magia
Y ya nada volverá a ser como antes
Porque la Historia se ha repetido
Y ha cambiado al mismo tiempo.

domingo, julio 03, 2005

Un mensaje en la bruma

Nadie se pregunta hasta la muerte
Dónde están los signos vivos del amor, soledad

Aquelarre- Aves Rapaces (1973)


Una densa niebla caía sobre la ciudad. El boleto decía que me había subido al A Central a las 5:27 de la madrugada. Sentado en el último asiento experimenté algo de sopor pero al mismo tiempo de relajación. Sentí que el tiempo nunca pasaba. Sentí que el viaje desde el centro hasta mi casa en el Marqués de Sobremonte era eterno y eso era bueno. Pero después experimenté cierta frustración al saber que no era eterno, no. Que nada en este mundo podía ser eterno. Que pronto podría ir a dormir profundamente pero que el sueño no duraría para siempre.
Estaba así, sumergido en ese estado de sopor, de relajación física, de frustración, con el efecto de la cerveza aún expandiéndose en todas direcciones por mi cerebro, mientras el A Central desandaba el camino por la Monseñor Pablo Cabrera, a pocas cuadras de mi descenso, cuando el colectivo cambió bruscamente su recorrido. Cruzó las vías y dobló a la izquierda en lugar de seguir derecho como lo había hecho desde la fundación del mundo (según creo).
Debí haberme bajado de inmediato, claro. Debí haber tocado el timbre y bajarme en la primera parada antes de que el A Central se perdiera por oscuros barrios suburbanos desconocidos para mí. Pero no lo hice. Me quedé sentado esperando. ¿Esperando qué? No lo sé. Quizás esperando que me dejara en la puerta de mí casa. Quizás esperando que me llevara por un fantástico viaje hacia los pies del mismísimo Hacedor. Quizás tan solo que avanzara unas cuadras y volviera a meterse por la Monseñor Pablo Cabrera, principal atajo hacia mi hogar. Pero no. El paisaje se transformó. Se fueron las amarillas y tristes luces de las rutas transitadas, ya no había más misteriosas y felices parejas caminando por las veredas, desaparecieron los autos solitarios. Ahora todo era oscuro y melancólico. Muchos árboles. Sombras. Silencio. Silencio total. Me bajé en una tal calle Roberto Cayol y a mis espaldas el A Central se alejó lanzando su último y grotesco rugido.
Estaba solo. A mi alrededor todo parecía muerto. Paradójicamente, ahora lo único viviente era yo. No tenía idea de donde me encontraba. Sabía que no estaba tan lejos de la Monseñor Pablo Cabrera, es más, el nombre Roberto Cayol me sonaba. Era lógico, estaba en el barrio Poeta Lugones. Estaba cerca de casa. Pero no sabía qué dirección tomar. Estaba absolutamente desorientado. Sin embargo, una cosa era segura: tenía que caminar. No podía estarme quieto.
Me convertí en una sombra errante que avanzaba y retrocedía por entre la niebla una y otra vez. Rompí el silencio con mis pisadas. Fui hacia la izquierda, hacia la derecha, hacia delante, hacia atrás, me crucé con una camioneta del CAP como cuatro veces, atravesé iluminadas calles para luego volver a entrar en la oscuridad. Pasé frente al viejo colegio secundario donde solía ir mi hermano. Vagamente recordé cuando fui a su ceremonia de egresados en el 2003 pero no había forma de acordarme cuáles caminos había tomado en esa ocasión. Me sentí solo. Sabía que tarde o temprano daría con la salida del laberinto y finalmente me acostaría en mi cama pero la angustia iba en aumento. Me angustiaba ver las casas inmóviles, sin vida sabiendo que sus habitantes estarían durmiendo en paz, o quizás no, pero estaban seguros porque aquél era su territorio, lo conocían. Sabían a dónde ir cuando quisieran comprar pan, sabían el camino más corto hacia el Hiper. En cambio, yo era un extraño moviéndose entre la niebla. Perdiéndose cada vez más en los negros senderos. Vi una escena surrealista, absurda. Un tipo sentado en un banco en medio de un gran descampado. Hacia el fondo, más oscuridad y más descampados. Pasé a su lado rumbo hacia donde lo oscuro y desconocido parecía total. La camioneta del CAP volvió a pasar. Vi tanta oscuridad, tanta desolación frente a mi, mientras algunas gotas de lluvia caían sobre mi rostro y la bruma tocaba mis ojos que decidí dar media vuelta y volver. El tipo surrealista ahora estaba parado en medio de la calle de espaldas a mi. Me fui acercando hacia él y cuando estuve a su lado vi que llevaba un celular de fantasmal luz azul en la mano. Le pregunté por la Monseñor Pablo Cabrera. Dio gusto escuchar una voz. Sonaba amable, habrá tenido mi edad. Me dio algunas indicaciones, no estaba seguro. Él también estaba casi sin rumbo fijo y no encontraba el camino que buscaba. Quizás en aquél paraje íbamos a parar todos los que estábamos perdidos. Le di las gracias y aquel individuo anónimo me deseó suerte en medio del amarillento y onírico paisaje.
Eché a andar nuevamente esperando encontrarme realmente con la Monseñor Pablo Cabrera pero intuyendo que no era muy probable. Mis pisadas siguieron dejando su eco. A lo lejos se escuchaba el insistente y desagradable canto de un gallo. No había miedo, aún no existía el peligro de caer en la locura, lo que había era una terrible e hiriente sensación de soledad, soledad absoluta. Pensé en lo que me había pasado y lo consideré absurdo y casi imposible. Hacía tan solo unas horas me había encontrado en mi casa. Con mi hermano tocando los temas de Wakeman en el teclado, con las risas de mis padres, con la Seda caminando por todas las habitaciones y su nostálgico maullido. Hacía tan solo unas horas había estado acompañado, riéndome en medio de divertidos comentarios, con cervezas y palitos salados. Ahora estaba solo. Solo en un lugar desconocido, oscuro, con la bruma rodeándome, escuchando el triste sonido de mis pasos en el asfalto y el molesto canto del gallo, perdiéndome en delirantes laberintos. Entonces me acordé de Dios. De ese Dios que cada vez veía más lejos. Que cada vez recordaba menos. Me acordé de Él. Supe que había sido Él quien me había metido en semejante y grotesca situación. Supe que no había forma de escapar de sus manos. Me acordé de todo lo malo que yo había hecho. Pensé que en aquel momento se iba a decidir si Dios quería ser mi amigo o mi enemigo. Eso pensé en mi enferma mente, rodeado por la bruma. Entonces le pedí perdón. Perdón por mi cinismo. Otra vez lo entendía. “Y por favor, llevame a mi casa”
Un perro se alertó por mi presencia. Recibí sus ladridos. En el asfalto vi los baches llenos de piedras. Pensé en tirarle una, pero no era una buena idea. Al fondo de la calle divisé una ruta iluminada. Dos remises pasaron. Era la Roberto Cayol, otra vez. Donde todo había empezado. Hacia allí me dirigí. Con un poco de suerte podría tomar un remis que pudiera encaminarme. Me encontré nuevamente en esa calle. A lo lejos volvió a pasar la camioneta del CAP. Eché a caminar en dirección contraria hacia donde me había dirigido toda la noche. Pasó un auto de color bordó. A lo lejos venía otro. Se detuvo en una esquina, a algunos metros. Creí que era de color blanco. Sus luces no me dejaban confirmarlo, entonces vi que era del clásico color verde de los remises. Estaba dejando gente en su casa. Me acerqué, le pregunté si estaba disponible, el remisero, de unos treinta años, con barba y cara de bueno me dijo que sí. Me subí. “Llevame hasta el CPC de la Monseñor Pablo Cabrera”. En cuestión de minutos estuvimos allí. Ahora si podía ver un paisaje conocido. Hasta el aire parecía diferente. Me bajé y caminé las cuatro cuadras hacia mi casa. En ese momento, aún con la bruma húmeda que tocaba mis ojos, con las tristes luces amarillas de la ruta, con el cielo totalmente gris, con el horizonte oscuro y con el melancólico sonido de mis pasos, supe que no había paisaje más hermoso que aquel. Y también supe que en realidad nunca había estado solo. Nunca en toda la noche. Había estado en un silencioso y negro laberinto, con la fantasmal neblina pasando sobre mi, metiéndome en calles que no recordaba haber caminado nunca, sin nadie a mi lado que me acompañara diciéndome cosas al oído, sin un lugar donde descansar, perdido, completamente desorientado y sin embargo nunca había estado solo.