lunes, agosto 08, 2005

No es más que sentimientos

Eran alrededor de las 11 de la noche cuando Rael comenzó a chatear con su amiga Ana. Había tenido un día normal, sin mayores sobresaltos, pero se sentía extraño, sumergido en un estado de profunda indiferencia, donde nada parecía importarle y donde todo podía llegar a irritarlo. Hacía varios días que arrastraba esos síntomas que acaso algún doctor hubiera diagnosticado como “depresión” pero que a Rael no le parecía así. Del otro lado, Ana se mostraba con su entusiasmo y simpatías de siempre, si bien había tenido un día agotador. Al parecer le interesaba el estado de ánimo de Rael y sentía deseos y hasta la responsabilidad de ayudarlo, quizás de hacerlo desistir de sus locuras y sus extravagantes razonamientos. Le habló de su concepción de las cosas, de que todo tiene un sentido, de que es uno mismo quien debe decidirse a salir de tan aplastante estado de angustia, de que todas las cosas tienen el valor que uno les da. Incluso le contó una historia, al parecer de Platón, acerca de dos prisioneros que un día eran liberados, pero Rael no comprendió la esencia del relato. Él, por su parte, no tenía angustia, al menos no esa angustia destructiva e insoportable que nadie quiere sufrir. Tampoco pretendía dar lástima ni pedir ayuda, simplemente conversaba, como quien conversa para pasar el rato. Habló sobre sus ideas, que para él la vida es un tremendo absurdo que no merece la pena ser vivido, que nada que no pueda durar para siempre tiene valor alguno, que el hombre es débil y no puede decidir sobre su existencia y que algún día todo se va a perder por lo tanto es inútil hacer e incluso dejar de hacer cosas.
A medida que la conversación fue avanzando, Rael parecía molestarse e irritarse cada vez más y hasta incluso reírse de su amiga (si bien no lo hacía) y Ana tampoco cedía y recurría a todos sus argumentos acaso para llegar a convencerlo de su supuesto error. ¿Por qué alguien tan joven como Rael querría morirse cuanto antes? Eso era algo que ella no podía entender.
Pero llegó un momento en que Ana pareció ser derrotada. Le dijo que era un orgulloso, un cobarde y que su actitud le daba mucha impotencia. Al decir aquello de alguna manera daba a entender que se daba por vencida.
Entonces Rael sintió cierto estremecimiento. De repente fue como si despertara de un profundo y largo sueño. No fue necesariamente a causa de las fuertes palabras de su amiga, fue algo mucho más extraño, casi inexplicable. No podía entender como él mismo había lanzado aquel enfermizo discurso, de qué forma había hecho de Ana una víctima de su cínica actitud. Solo pudo pedirle perdón. Perdón por todo lo que había dicho, por la forma en que la había tratado. Al fin y al cabo, ella solo quería ayudarlo, sinceramente quería hacerlo. Rael sintió que se derrumbaba. Sintió deseos de salir de su casa en la fría noche de domingo, dejar de lado la casi insensibilidad de una computadora, echar a correr las quince cuadras que lo separaban de su amiga y darle un abrazo. Abrazar a aquella muchacha de cabellos rojizos que solía ver todos los días en el verano cuando trabajaban juntos. Ahora se sentía miserable, prácticamente una basura y nada más que eso. “Yo valoro todo lo que me dijiste” le dijo a su amiga. “¿Aunque un día me vaya a morir?” preguntó ella. “Sí, claro. Mirá…ahora, en este momento, justamente ahora, para mí, todo lo que dijiste tiene mucho valor.” respondió. Ana pareció recobrar el entusiasmo con esas palabras y dijo “¿Ves? Estás sintiendo. Eso te hace falta, sentir”
Al acostarse en su cama, Rael seguía sintiéndose mal. Hacía mucho tiempo que no experimentaba ese tipo de angustia, tan molesta, que le taladraba el cerebro y el corazón, que parecía comerle las entrañas. Y sin embargo, no sabía porqué se sentía así. Aún tenía deseos de abrazar a su amiga. Entonces reflexionó. Y una vez más comprendió que todo no es más que sentimientos. Hacía tan solo unas horas había estado sumergido en esa apatía tan lúgubre y por momentos reconfortante, lleno de indiferencia por todas las cosas. Y ahora, luego de haber hablado con Ana, experimentaba una mezcla de angustia, de ternura y gratitud hacia ella e incluso, cierta esperanza de que, quizás, no estuviera todo perdido. Rael volvió a comprender que la existencia está regida por los sentimientos. Nada puede hacer la razón frente a los sentimientos. Y tal vez, lo que ahora sentía no era más que el producto del cansancio, de la oscuridad de la noche, de una palabra dicha en el momento justo, de algún recuerdo, o de alguna fuerza invisible hablándole al oído. Ahora se sentía así y quizás al día siguiente también. Y todo lo que hiciera estaría guiado por ese sentimiento hasta que fuera reemplazado
por otro.

6 comentarios:

º·.Such a little raven.·º dijo...

Un Rael emotivo... que extraño.
Y bueno, asi son los sentimientos vio, que se yo.
Igual, por ahi conviene ni hacerles caso.
buh

snarf dijo...

nada mas y nada menos que eso...

Ana. dijo...

Hagamoslé caso, claro que si!!... los sentimientos... a veces te hacen parir, pero siempre son sintoma de algo... solo que hay que meter el dedito y escarvar, una y mil veces... hasta resolver, hasta superar... hasta abrir esa cabeza que se acomoda al dolor y evita los cambios... porque desestabilizan... pero también, muchas veces elevan!...
Te quiero mucho... pero a ponerle el pecho carajo!! besos... Ana.

Andrés dijo...

Claro que si, pibe. Y eso es lo mejor de esta vida. A veces duelen, pero es lo unico que nos mantiene lejos de ese letargo por el que vos estas pasando... a mi tambien me toco vivirlo y se de que se trata. Salute y a levantarse.

Kieran McLaren dijo...

quizas esto no tenga nada que ver , pero me seria de mucha ayuda que me dijieras como es que le pones links a los blog

Atte
Lisandro

Anónimo dijo...

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