domingo, agosto 28, 2005

Siempre supimos que llegaría

CC se paró sobre el pasto y miró hacia los árboles. Esperó unos instantes con insoportable ansiedad y por fin apareció. Caminando lentamente surgió una especie de sombra que se acercaba hacia él. Era Rael. Había una brisa muy leve en el aire que movía su pelo ondulado. Avanzó los metros que lo separaban de CC y se paró frente a él mientras una sonrisa casi imperceptible se dibujaba en su rostro.
Se miraron unos momentos y Rael dijo casi sorpresivamente:
-¿Sabés una cosa? Siempre supiste que llegaría este momento. Este momento de la encrucijada, de “tomar una decisión”. Siempre supiste que llegaría el final pero te habías olvidado. Y cuando te acordabas, preferías no pensar en eso. Pero bueno, ha llegado.
-Sí… lo sentía. Sentía que esa etapa de definición estaba muy cerca.
-Ajá, bueno… qué bien…
Rael miró fijamente a CC como esperando una respuesta. Pero CC no lo miraba. Paseaba su vista por los árboles y el verde pasto.
-¿Y?- preguntó finalmente Rael.
-¿Y qué?
-¿Qué pensás hacer?
-Ah ¿Te tengo que responder? ¿Y cómo mierda puedo saber qué voy a hacer?
-Claro, entiendo- respondió Rael con una sonrisa desconcertante

CC lo miró durante unos instantes hasta sentirse incómodo por no comprender exactamente qué estaba pasando. Rael empezó a caminar de un lado hacia otro como si se preparara para empezar a contar un relato.
-Estar en el abismo de la indiferencia y la melancolía tiene su lado bueno ¿No?
CC intentó responder con seguridad:
-Sí, creo que sí. Creo que no tener nada para esperar es lo menos peor.
-Me imagino que sabés que eso contradice por completo el espíritu humano ¿Verdad?- preguntó Rael de manera casi sarcástica mientras no dejaba de lanzar esas sonrisas enigmáticas y casi perceptibles.
-Supongo que lo contradice pero… después de todo, solo contradice al pensamiento mayoritario. Al fin y al cabo no soy el primero y tampoco voy a ser el último en pensar así.-respondió CC tranquilamente.
-Eso es cierto. Y también es cierto que durante todo este tiempo te has ido acostumbrando a estar “en el abismo” ¿No? Te has ido acostumbrando al punto tal que has llegado a sentirte cómodo, muy cómodo. No tener ni sueños ni esperanzas ni ningún motivo para vivir trae tristeza pero también una suerte de “sensación de seguridad” ¿O no? Porque la gente que se esfuerza queriendo alcanzar un objetivo y que siente placer por la vida está totalmente expuesta a la decepción, al fracaso, a la frustración. En cambio, quien no espera nada no puede sufrir desilusiones ¿Verdad?
-Es cierto
-Claro que es cierto- dijo Rael sonriendo casi con malicia- pero ¿Acaso no es una manera de autojustificarte? ¿Acaso de esta forma no estás construyéndote un argumento para justificar tu falta de valor o tu falta de optimismo?
CC no respondió nada. Sabía que Rael apenas había comenzado a hablar y que aún iba a agregar algo mucho más interesante.
-A mi no podés engañarme, CC. Somos prácticamente iguales. Mirame. Pareciera que estuviéramos frente a un espejo. Y los dos sabemos que en realidad sí tenés esperanzas, todavía querés cosas. Aún sentís ese gusto por esta vida de mierda.
CC sonrió. Sonrió con la misma sonrisa que Rael y su extraña mirada profunda se tornó aún más intensa
-Y sí, CC, yo también considero que la vida no tiene sentido y que eso de que “uno mismo debe crearle su propio sentido” es una burda mentira. Pero también sé que si vos pudieras ver uno, uno solo de tus sueños hacerse realidad te olvidarías aunque más no fuera por unos momentos de todos tus argumentos y pensamientos nefastos y pensarías en vivir… como ya te ha sabido pasar.
CC escuchaba con atención a Rael. Mirándolo con serenidad, como anticipándose a todo lo que él le decía.
-Puede ser que tengas razón - dijo CC- pero te estás olvidando de un aspecto que no se puede dejar de lado. Te estás olvidando de mi cansancio, mi intenso cansancio por todo esto, que me impide hacer cualquier cosa…
-Sí… vos seguís respirando porque se trata de un movimiento involuntario ¿No?- dijo Rael una vez más con tono sarcástico.
-Pero bueno – continuó Rael – dijimos que finalmente habíamos llegado a una gran encrucijada. Que, te gustara o no te gustara, todo esto ya se había tornado insoportable y ha llegado el momento de que las cosas se definan, para mejor o para peor…
-Sí- respondió CC seriamente y con cierta incertidumbre.
Rael lo miró unos momentos sin decir nada. Su casi imperceptible sonrisa se borró y en su rostro se reflejó la duda, la duda de cómo le diría lo que ahora pensaba decirle. Se puso las manos en los bolsillos y comenzó a caminar. De repente quedó de espaldas a él y se detuvo.
-Estar a la deriva puede transformarse en una hermosa pesadilla. Claro que es hermoso. Es más, la gente que nunca ha experimentado la sensación de que nada tiene sentido y que nunca ha sabido lo que es no tener esperanzas y que nunca ha tenido intensos deseos de morir… no sabe lo que se pierde. En cambio, vos sabés lo que se siente. Solo que ya estás cansado de estar así. Y yo te pregunto ¿Y si salieras del abismo? ¿Y si pudieras ayudar a otros que están pasando por lo mismo? ¿Y si Dios te diera otra oportunidad?
CC no respondía nada. Observaba a Rael hablar de espaldas a él y casi tenía temor de que se diera vuelta. Y Rael continuó:
-Pero ¿y si no salieras del abismo? ¿Y si siguieras autodestruyéndote cada vez más y más? ¿Hundiéndote hasta lo insospechado hasta que…?- y Rael se dio vuelta.
En su rostro había regresado la sonrisa maliciosa y una mirada llena de lucidez. En su mano derecha tenía un arma con la que apuntaba directo a CC.
-Mirá. Está lista para ser disparada. Apretás el gatillo y listo.- dijo tranquilamente mientras le alcanzaba a CC el arma.
CC la recibió sin decir nada. La observó sin mucho interés y volvió a mirar a Rael.
-Es toda tuya. En tus manos está la decisión. Quizás el gran día por fin ha llegado. Es tu puerta al descanso. ¿Cuándo tuviste una oportunidad así?
CC seguía sin decir nada. Lo que Rael decía era cierto. En sus manos tenía la llave para terminar con todo ese absurdo. Verdaderamente había llegado el momento clave, que no se parecía a ningún otro. Pero no podía pensar con claridad. Sentía una especie de zumbido en su cabeza y el arma seguía ahí abajo, colgando desde su mano derecha.
-Es difícil, claro que sí – dijo Rael – pero no lo tenés que pensar. Nada de reflexionar. Solo hacer. Solo se trata de obedecer un sentimiento. ¿Te acordás? Mirá. Me voy a dar vuelta. No voy a mirar. Adelante.
Y Rael quedó de espaldas a CC que seguía inmóvil sin decir una palabra. Miró el arma. La llevó a su pecho, al corazón. Siempre había imaginado que cuando tuviera un arma en sus manos, se dispararía en el corazón. Sentía un tremendo vacío en el estómago y la vista se le había vuelto confusa. Todo aquello parecía un sueño, pero no lo era. La respiración se volvió pesada. No había manera de disparar. No podía. CC levantó la vista y vio que Rael estaba frente a él mirándolo fijamente.
-¿Ves? Alguna vez hablaste del “instinto de conservación” ¿Te acordás? Dijiste que de alguna manera ése era tu principal obstáculo. Dijiste que hasta los insectos tienen ese instinto. Pero si les preguntáramos porqué quieren seguir viviendo nunca podrían contestar. Lo mismo pasa con las personas. Si tomáramos a 100, 99 no podrían dar una respuesta satisfactoria. Ese instinto de conservación nos mantiene vivos a todos. Pero también dijiste que solamente necesitabas engañar a ese instinto aunque más no fuera por un segundo ¡Y acá tenés la oportunidad! Y sin embargo no podés hacerlo. Vos querés vivir, CC. No podés disparar porque te resulta inevitable no pensar en todas las cosas que ya no podrás vivir cuando estés muerto. Sabés que no hay vuelta atrás después de eso y por eso dudás. Ahora pensás que ya no querés estar muerto.
CC seguía confundido y las palabras de Rael parecían enfermarlo. ¿Acaso podía tener razón? ¿Acaso aquél individuo tan parecido a él, casi idéntico, estaba en lo cierto? CC se sintió desfallecer. Sintió que todos sus argumentos, que todos sus razonamientos eran derrotados y sucumbían ante una Verdad mucho más poderosa. Miró el arma que aún sostenía con su mano derecha. Entonces se escuchó un estruendo. Un estruendo fuerte y seco. Y la sangre brotó irresistiblemente desde el corazón y un extraño olor a humo se esparció por el aire.
Rael yacía tirado en el pasto. CC, aún con el arma en su mano, lo miró con detenimiento y volvió a notar la apenas perceptible sonrisa en su rostro.

lunes, agosto 22, 2005

Al frente, brillante

Domingo a la noche. Me encuentro algo resfriado. Pero en este momento solamente me importa una cosa: ver el gol de Talleres. Ayer ganó 1 a 0, contra Aldosivi. Tengo que ver el resumen del partido. Nada más. Prendo la tele pero el programa de fulbo todavía no empezó. En su lugar hay un puñado de infradotados jugando a ser graciosos y ocurrentes mientras se ríen en una playa del Caribe. El programa lo conduce un flaco con mucha cara de boludo. Veo una vedette, un boxeador y dos tarados más. Apago la tele. Espero unos minutos más y vuelvo a prenderla. Vuelvo a encontrarme con la misma imagen. Y así sucesivamente. Después tengo la suerte de encontrarme con la tanda publicitaria. Espero un rato. Y miro una publicidad de un tipo que sale con un auto pintado como bola 8, pañales descartables, un yogur mágico, un diario que vende libros de Borges y Bioy Casares, aspirinas milagrosas que previenen infartos y algo más que ya me olvidé. Después de la tanda, otra vez al programa de los tipos que la pasan bomba en el Caribe. Pienso que la escena es patética. Yo, parado frente al televisor, con el control remoto en la mano mirando a esos individuos que hacen de cuenta que son divertidos, esperando que termine de una vez, venga el programa de fulbo y pasen el gol de la T. A eso, hay que sumarle que la habitación está a oscuras. La única luz es la de la pantalla. Los únicos sonidos son las risas de la vedette, el flaco boludo, el boxeador ídem y los otros dos tarados. Pienso que la escena parece sacada de una película de trasnoche. ¡Qué manera de perder el tiempo! ¿Por qué hago esto? ¡Vamos! Aunque sea domingo a las 12 de la noche tiene que haber algo productivo para hacer. Ahí tenés una pila de trabajos sin terminar. ¿En dónde está tu voluntad? Y mientras me hago esas preguntas, me acuerdo que la familia ya se fue a dormir y no es conveniente hablar tan fuerte. Sigo mirando el televisor. La escena de mi persona sosteniendo el control remoto en medio de la oscuridad esperando infructuosamente que un horrendo programa termine para ver un simple gol me empieza a parecer surrealista. Pero entonces la oscuridad desaparece. De repente todo es brillante. De repente hay música, así como un merengue sonando a todo lo que da. Hay mujeres esculturales bailando en una playa. Hay un tipo preparando tragos mientras se mueve al ritmo de la música luciendo una sonrisa ganadora y unos anteojos para sol tipo Matrix caribeño. Pasa un cuatriciclo con un flaco haciendo piruetas. Todo es diversión, distracción, joda loca. Pero después, el merengue termina, la arena de la playa desaparece, las chicas se esfuman. Ahora estoy en una especie de barrio privado. En el jardín de una casa imponente, tipo comedia yanky. Parece que la casa es mía, producto de años de esfuerzo. Mi hermosa esposa juega con nuestros dos hijos, un varón y una nena. También hay un perro, así como de raza importante, que corre feliz. El pasto es muy verde y el sol en lo alto brilla como nunca. Está ideal para lavar el auto. Pero entonces también desaparecen la casa, mi hermosa esposa, nuestros hijos, el perro, el auto… Y en su lugar me encuentro acostado en una camilla de hospital. Viejo y con una sonrisa pelotuda. Mis hijos, mis nietos y mi esposa me acompañan diciéndome que todo saldrá bien. Todo es blanco y puro. Hay una sensación de gran seguridad. Los médicos parecen muy profesionales. Parece que me llevan a un quirófano. La escena transcurre en cámara lenta. Y luego, todo sale perfecto, la operación fue un éxito. Me levanto de mi cama de hospital lujoso y me dirijo hacia el televisor. Lo prendo para ver qué hay. Y entonces, lo blanco y la luz se van. Vuelvo a tener 22 años, todo vuelve a estar oscuro, vuelve a ser domingo a la medianoche. Y me doy cuenta que sigo mirando la pantalla del televisor (ahora solo hay chispitas grises que se mueven todo el tiempo) Y al final no vi ese gol de mierda. No hice la pila de trabajos acumulados (que en realidad tampoco son tantos ni tan importantes) Pero no importa. Vi la vida. Incluso participé de ella. Pero a fin de cuentas, ahora no hay luz, no hay claridad, no hay sonrisas, no hay seres queridos felices, no hay seguridad, no hay diversión. Solamente una pantalla que devuelve chispitas grises enloquecidas en medio de la oscuridad. Y mañana, cuando salga afuera, cuando el sol esté en lo alto, cuando haya verde pasto donde pisar, cuando haya una linda chica que te regale una sonrisa y no haya monitores, cuando eso suceda, entonces sabré que ya no estamos mirando un televisor sino que estamos dentro de él.

jueves, agosto 18, 2005

Estallido perfecto

Eran cerca de la dos y media de la tarde cuando CC salió de su facultad. Soplaba un viento relativamente fresco pero el sol casi primaveresco pretendía hacerse sentir. CC aún no podía regresar a su casa. Tenía que esperar hasta las 3 y volver al edificio para realizar quién sabe que horrendo trabajo práctico (que finalmente no haría). A la salida se encontró con uno de sus compañeros de clase, T. Entonces CC decidió acompañarlo hacia la parada del colectivo, sería una buena forma de esperar que se hicieran las 3. Echaron a andar por las calles del centro cordobés y T. comenzó un discurso que parecía haber tenido atravesado en la garganta durante largo tiempo y que ahora, por fin, podía largar:
-“Estoy muy cansado, CC. Estoy hecho bosta. Encima ahora tengo que ir a laburar a esa remisería de mierda. Por suerte ya hablé con el chico que está antes que yo y le dije que se quede media hora más y yo laburo los sábados. Me comeré todo el sábado ahí pero qué me importa.”
Cruzaron a lo largo de la peatonal. CC vio a una vieja que comía helado y pensó que a la vuelta se compraría uno.
-“El año pasado yo me ponía las pilas ¿viste? Hacía todos los trabajos, prestaba atención. Ahora estoy harto, a veces tengo ganas de tirar todo a la mierda. Que se vayan todos a la mierda ¿viste? Últimamente me he dado cuenta que a donde voy me tengo que putear con todo el mundo. En serio. En el trabajo, con los taxistas “pendejo de mierda” me gritan. Yo los mando a la puta que los parió. Y los remiseros también me putean. Te meten el pecho. Y cuando estoy loco, los mando bien a la mierda y se quedan piolas, al final, si sos bueno se aprovechan y si los puteás, se quedan tranquilos. Y en mi casa también: “y tenés que empezar a traer más plata” y “porqué vas a esa facultad donde son todos unos choros, sos un pelotudo” y todo eso. Yo no les doy bola, me encierro en mi pieza y chau, que se vayan a cagar. Y con mi novia también. A veces estoy tan cruzado que apenas me dice cualquier cosa, la mando a la mierda “pero quién te pensás que sos, pendeja mogólica” así le digo, en serio.” dice T. mientras ríe con frustración y mueve la cabeza.
Cruzan la General Paz. Hay mucha gente en las calles. Muchos autos. T. sigue hablando y CC parece contemplar en su rostro el peso de una suerte de tensión violenta e insoportable. Llegan a la parada de los R. “Cuando no estudiaba vivía de joda. Trabajaba y después me iba a chupar con mis amigos, no sabés” continúa diciendo. Y habla de fiestas lujuriosas y alcohol y después de su entrada a la universidad como si eso hubiera marcado el fin de una etapa que nunca más volvería. Y parece desahogarse hablando con CC. Acaso aún buscará el sentido de una vida tan aparentemente vacía que CC hace rato dejó de buscar. Pero su rostro continúa cargado de tensión y de violencia reprimida. Entonces llega el R2. T. se despide y se dispone a subir. CC da media vuelta y se aleja. Y mientras avanza escucha gritos. Gritos histéricos de mujeres. Insultos. CC mira hacia atrás. Ve un tumulto de gente. Alguien que corre huyendo de allí, o acaso varios. Gente rodeando a alguien en el suelo. Gente que mira desde lejos asombrada. Y CC que no entiende pero parece adivinar. Y se acerca rápidamente y quiere ver. Y llega abriéndose paso y mira hacia abajo y se encuentra con T. tirado, sangrando por el cuello, con los ojos desorbitados como jamás ha visto. Y gente que intenta reanimarlo sin saber cómo. Y hablan de “una puñalada” y de “ambulancias” y “policías”. Y la sangre de T. inunda el piso hecho de mosaicos. Y su violencia reprimida por fin estalla de manera perfecta.

jueves, agosto 11, 2005

En el viento

Me levanté temprano. Afuera, el viento resonaba con mucha fuerza y me hacía pensar que el frío debería ser tremendo. Salí al patio para comprobarlo. Pero no me pareció que fuera para tanto y desistí de ponerme una campera súper abrigada y opté por mi buzo de polar y la campera negra ídem. Finalmente tomé los cospeles y salí de casa rumbo a la inútil facultad. Entonces, el viento helado se hizo sentir con toda su furia. Literalmente, hacía un frío de la San Puta. El viento chocaba contra mi pecho y las tres cuadras hacia la parada del A3 parecían más largas de lo normal. Nunca en todo el año había sentido tanto frío y me tuve por un pelotudo por no haberme puesto la campera súper abrigada. Cuando faltaban unos cincuenta metros para llegar donde la parada, divisé la inequívoca mole azul del A3 que pasaba y se alejaba, sin mí, claro. Lancé unas maldiciones (“la puta madre” entre otras) que rápidamente fueron llevadas por el insistente y puto viento y eché a andar unas seis cuadras buscando un A2 salvador que me librara del frío y de llegar demasiado tarde a esa mierda de clase.
Eran como las 7:30 y el paisaje gris se iba aclarando cada vez más. Luego de caminar esas cuadras llegué a la Tomás de Irobi donde un A2 estaba levantando a unas viejas. Corrí un poco y logré subirme. Me senté con la sensación de estar hecho mierda. Los oídos me dolían a causa del frío y los mocos me rompían las pelotas y, peor, no tenía pañuelo. El boleto decía que eran las 7:37. Según mis cálculos, llegaría incluso un rato antes de que empezara la clase del pelado. Tenía algo de sueño y la cabeza me daba vueltas, lo cual me producía una leve sensación de bienestar. Mientras estaba en eso, un pensamiento llegó a mi mente: ¿Para qué me molesto en abandonar mi cama, salir y cagarme de frío, caminar como un pelotudo buscando un colectivo de mierda que me lleve a esa facultad del orto para estar en una clase que no me importa en absoluto? ¿Para qué? ¿Para qué me molesto? ¿Por mi futuro? ¿Para ser “alguien el día de mañana”? ¡Y a mí que mierda me importa el futuro! Mañana bien puedo ser un cadáver. ¿Para qué entonces salí hoy con este frío? Quizás para no decepcionar a mi familia, para después no tener que escuchar esos reproches que los padres les dan a los hijos que no estudian. Y bueno ¿A mí qué me importa eso? ¡Es más! Puedo bajarme ahora mismo y marcharme para cualquier otro lado. Eso es, ya estoy en la calle otra vez ¿y qué hacer ahora? Supongo que necesito un trabajo mejor para pagarme un lugar donde vivir, comida y esas cosas importantes ¿No? Bueno, buscaré un trabajo, me esforzaré y… un momento ¿Y para qué quiero cumplir con todos esos estándares? ¿Quién dice que así debe ser? Puedo dedicarme al arte, siempre me gustó eso. A la mierda el diseño web y el marketing. Escribiré, dibujaré ¿por qué no? Tengo muchos amigos, puedo buscarlos, convencerlos de que me acompañen ¿Para qué mierda queremos seguir así? ¡No lo necesitamos! Bueno ¿y qué hay del amor? Puedo encontrar alguna chica que sea dulce, que me entienda y que me quiera y continuar el camino juntos ¿qué tal? Claro, si de eso se trata. Al fin y al cabo se trata de hacer lo que nos gusta y no hacer lo que no nos gusta ¿Cierto? No necesito el A2, ni putos estudios, ni celulares, ni ser esclavo de explotadores trabajando en sus oficinas de mierda ¿Para qué quiero eso? ¡A mí no me importa! Entonces podré seguir por este otro camino, si una dulce chica que me entienda y me quiera me acompaña, mucho mejor todavía. Quizás después vendrán los hijos, podré ver que la gente lee mis libros, incluso podría irme de esta ciudad de horrible cemento y vivir en el campo y… un momento ¿Para qué quiero todo eso? ¿Para qué quiero dedicarme al arte, para qué quiero una dulce chica, para qué pienso en hijos, en libros, en campos…? ¿Para qué mierda pienso en todo eso? ¿Acaso por más que camine y haga cosas podré librarme del cansancio, de los problemas, de la tristeza, de las presiones, de las enfermedades, de los burócratas, de la muerte misma? ¿Podré evitarme todo eso? ¡No! ¿Podré vivir para siempre? ¡No! ¿Entonces para qué me molesto? ¿Para qué me levanté esta mañana a las 7 menos 10, pasé un frío bárbaro, vi como se me pasaba el A3, caminé como un pelotudo buscando el A2 pensando en no llegar tarde a una clase de una carrera que odio y no me interesa? ¿Por qué lo hice? ¿Y ahora para qué imagino nuevos rumbos y nuevos proyectos? ¿Para qué me molesto?

El A2 llegó a la Vélez Sársfield. Me bajé, caminé unas cuadras, entré a la facultad y vi que había llegado con tiempo. Todavía faltaban unos minutos para que empezara la clase.

lunes, agosto 08, 2005

No es más que sentimientos

Eran alrededor de las 11 de la noche cuando Rael comenzó a chatear con su amiga Ana. Había tenido un día normal, sin mayores sobresaltos, pero se sentía extraño, sumergido en un estado de profunda indiferencia, donde nada parecía importarle y donde todo podía llegar a irritarlo. Hacía varios días que arrastraba esos síntomas que acaso algún doctor hubiera diagnosticado como “depresión” pero que a Rael no le parecía así. Del otro lado, Ana se mostraba con su entusiasmo y simpatías de siempre, si bien había tenido un día agotador. Al parecer le interesaba el estado de ánimo de Rael y sentía deseos y hasta la responsabilidad de ayudarlo, quizás de hacerlo desistir de sus locuras y sus extravagantes razonamientos. Le habló de su concepción de las cosas, de que todo tiene un sentido, de que es uno mismo quien debe decidirse a salir de tan aplastante estado de angustia, de que todas las cosas tienen el valor que uno les da. Incluso le contó una historia, al parecer de Platón, acerca de dos prisioneros que un día eran liberados, pero Rael no comprendió la esencia del relato. Él, por su parte, no tenía angustia, al menos no esa angustia destructiva e insoportable que nadie quiere sufrir. Tampoco pretendía dar lástima ni pedir ayuda, simplemente conversaba, como quien conversa para pasar el rato. Habló sobre sus ideas, que para él la vida es un tremendo absurdo que no merece la pena ser vivido, que nada que no pueda durar para siempre tiene valor alguno, que el hombre es débil y no puede decidir sobre su existencia y que algún día todo se va a perder por lo tanto es inútil hacer e incluso dejar de hacer cosas.
A medida que la conversación fue avanzando, Rael parecía molestarse e irritarse cada vez más y hasta incluso reírse de su amiga (si bien no lo hacía) y Ana tampoco cedía y recurría a todos sus argumentos acaso para llegar a convencerlo de su supuesto error. ¿Por qué alguien tan joven como Rael querría morirse cuanto antes? Eso era algo que ella no podía entender.
Pero llegó un momento en que Ana pareció ser derrotada. Le dijo que era un orgulloso, un cobarde y que su actitud le daba mucha impotencia. Al decir aquello de alguna manera daba a entender que se daba por vencida.
Entonces Rael sintió cierto estremecimiento. De repente fue como si despertara de un profundo y largo sueño. No fue necesariamente a causa de las fuertes palabras de su amiga, fue algo mucho más extraño, casi inexplicable. No podía entender como él mismo había lanzado aquel enfermizo discurso, de qué forma había hecho de Ana una víctima de su cínica actitud. Solo pudo pedirle perdón. Perdón por todo lo que había dicho, por la forma en que la había tratado. Al fin y al cabo, ella solo quería ayudarlo, sinceramente quería hacerlo. Rael sintió que se derrumbaba. Sintió deseos de salir de su casa en la fría noche de domingo, dejar de lado la casi insensibilidad de una computadora, echar a correr las quince cuadras que lo separaban de su amiga y darle un abrazo. Abrazar a aquella muchacha de cabellos rojizos que solía ver todos los días en el verano cuando trabajaban juntos. Ahora se sentía miserable, prácticamente una basura y nada más que eso. “Yo valoro todo lo que me dijiste” le dijo a su amiga. “¿Aunque un día me vaya a morir?” preguntó ella. “Sí, claro. Mirá…ahora, en este momento, justamente ahora, para mí, todo lo que dijiste tiene mucho valor.” respondió. Ana pareció recobrar el entusiasmo con esas palabras y dijo “¿Ves? Estás sintiendo. Eso te hace falta, sentir”
Al acostarse en su cama, Rael seguía sintiéndose mal. Hacía mucho tiempo que no experimentaba ese tipo de angustia, tan molesta, que le taladraba el cerebro y el corazón, que parecía comerle las entrañas. Y sin embargo, no sabía porqué se sentía así. Aún tenía deseos de abrazar a su amiga. Entonces reflexionó. Y una vez más comprendió que todo no es más que sentimientos. Hacía tan solo unas horas había estado sumergido en esa apatía tan lúgubre y por momentos reconfortante, lleno de indiferencia por todas las cosas. Y ahora, luego de haber hablado con Ana, experimentaba una mezcla de angustia, de ternura y gratitud hacia ella e incluso, cierta esperanza de que, quizás, no estuviera todo perdido. Rael volvió a comprender que la existencia está regida por los sentimientos. Nada puede hacer la razón frente a los sentimientos. Y tal vez, lo que ahora sentía no era más que el producto del cansancio, de la oscuridad de la noche, de una palabra dicha en el momento justo, de algún recuerdo, o de alguna fuerza invisible hablándole al oído. Ahora se sentía así y quizás al día siguiente también. Y todo lo que hiciera estaría guiado por ese sentimiento hasta que fuera reemplazado
por otro.

miércoles, agosto 03, 2005

Exactamente igual

Este es uno de esos días en los que solo deseo con toda mi alma que la muerte venga cuanto antes y me dé un fuerte abrazo.
Me encuentro cansado, sin fuerzas para nada, salvo para escribir.
Hoy fui a clases y solo escuché hablar de cosas que no me interesan en lo más mínimo.
Y francamente ya no hay nada que me interese.
Y ahora voy a trabajar, o mejor dicho, a hacer de cuenta que estoy trabajando, capaz que después me ponga a leer algo, después se va a hacer de noche, cenaré con mi familia y después solo quedará irse a dormir para volver a levantarse mañana por la mañana, desayunar cualquier cosa, ir a esperar el puto A3 frente al Canal 10 y dejar que me lleve durante 45 minutos mientras mi mente se pierde en pensamientos vacíos y mi vista se pasea por el monótono paisaje a través de la ventana y después bajarse en el centro y encerrarse en un aula a escuchar pelotudeces inútiles que no podrán durar para siempre y después salir y hablar algunas giladas con los compañeros y después ir a la parada a esperar otra vez al A3 y otra vez viajar durante 45 minutos y bajarme frente al Canal 10 y caminar y llegar a casa y otra vez a escribir, a comer, a trabajar, a escuchar Pescado Rabioso, si la conexión no se corta quizás pueda chatear con algunos amigos, a cenar, a dormir y de nuevo a levantarse para hacer otra vez lo mismo.
Y de todas formas, aunque me levantara a las 3 de la tarde, aunque fuera al centro en helicóptero o en ala delta, aunque en lugar de estudiar fuera a una fiesta en la Mansión Playboy, todo sería exactamente igual y yo seguiría sintiéndome exactamente igual.
Y no reniego de esta vida. No reniego de este sistema absurdo. Porque siempre ha sido así y nunca va a cambiar. Estamos destinados a nacer, crecer, quizás a reproducirnos y después morir sin importar cómo, cuándo ni porqué. No reniego de eso.
Pero tampoco puedo evitar sentir esta tristeza aletargante, este aburrimiento que sigue abriéndose paso, y sentir como todo pierde su sabor, y considerar que nada, absolutamente nada tiene sentido en este mundo simplemente porque nada puede durar para siempre, y ya no esperar ni desear nada, tan solo la muerte (¿Por qué se tardará tanto? A lo mejor está viajando en un A3…)
Y pienso e imagino cuántos sentirán lo mismo que yo. Cuántos estarán hartos de todo y cuántos ya no esperarán nada de esta vida sin sentido. Cuántos como yo sentirán que su mente está pudriéndose irremediablemente.
Mi alma acaso ya está muerta. Claro, muerta en vida, eso es.
Suicidado en vida. Una vez más he dejado las cosas a la mitad. Quizás pueda aprovechar esas últimas energías que siempre quedan y finalmente concretar algo y liberarme de mí mismo y liberar al resto de la gente de mi pesada carga.
Lo último que necesita el mundo es un muerto caminando entre ellos. Tengo que irme.