domingo, julio 03, 2005

Un mensaje en la bruma

Nadie se pregunta hasta la muerte
Dónde están los signos vivos del amor, soledad

Aquelarre- Aves Rapaces (1973)


Una densa niebla caía sobre la ciudad. El boleto decía que me había subido al A Central a las 5:27 de la madrugada. Sentado en el último asiento experimenté algo de sopor pero al mismo tiempo de relajación. Sentí que el tiempo nunca pasaba. Sentí que el viaje desde el centro hasta mi casa en el Marqués de Sobremonte era eterno y eso era bueno. Pero después experimenté cierta frustración al saber que no era eterno, no. Que nada en este mundo podía ser eterno. Que pronto podría ir a dormir profundamente pero que el sueño no duraría para siempre.
Estaba así, sumergido en ese estado de sopor, de relajación física, de frustración, con el efecto de la cerveza aún expandiéndose en todas direcciones por mi cerebro, mientras el A Central desandaba el camino por la Monseñor Pablo Cabrera, a pocas cuadras de mi descenso, cuando el colectivo cambió bruscamente su recorrido. Cruzó las vías y dobló a la izquierda en lugar de seguir derecho como lo había hecho desde la fundación del mundo (según creo).
Debí haberme bajado de inmediato, claro. Debí haber tocado el timbre y bajarme en la primera parada antes de que el A Central se perdiera por oscuros barrios suburbanos desconocidos para mí. Pero no lo hice. Me quedé sentado esperando. ¿Esperando qué? No lo sé. Quizás esperando que me dejara en la puerta de mí casa. Quizás esperando que me llevara por un fantástico viaje hacia los pies del mismísimo Hacedor. Quizás tan solo que avanzara unas cuadras y volviera a meterse por la Monseñor Pablo Cabrera, principal atajo hacia mi hogar. Pero no. El paisaje se transformó. Se fueron las amarillas y tristes luces de las rutas transitadas, ya no había más misteriosas y felices parejas caminando por las veredas, desaparecieron los autos solitarios. Ahora todo era oscuro y melancólico. Muchos árboles. Sombras. Silencio. Silencio total. Me bajé en una tal calle Roberto Cayol y a mis espaldas el A Central se alejó lanzando su último y grotesco rugido.
Estaba solo. A mi alrededor todo parecía muerto. Paradójicamente, ahora lo único viviente era yo. No tenía idea de donde me encontraba. Sabía que no estaba tan lejos de la Monseñor Pablo Cabrera, es más, el nombre Roberto Cayol me sonaba. Era lógico, estaba en el barrio Poeta Lugones. Estaba cerca de casa. Pero no sabía qué dirección tomar. Estaba absolutamente desorientado. Sin embargo, una cosa era segura: tenía que caminar. No podía estarme quieto.
Me convertí en una sombra errante que avanzaba y retrocedía por entre la niebla una y otra vez. Rompí el silencio con mis pisadas. Fui hacia la izquierda, hacia la derecha, hacia delante, hacia atrás, me crucé con una camioneta del CAP como cuatro veces, atravesé iluminadas calles para luego volver a entrar en la oscuridad. Pasé frente al viejo colegio secundario donde solía ir mi hermano. Vagamente recordé cuando fui a su ceremonia de egresados en el 2003 pero no había forma de acordarme cuáles caminos había tomado en esa ocasión. Me sentí solo. Sabía que tarde o temprano daría con la salida del laberinto y finalmente me acostaría en mi cama pero la angustia iba en aumento. Me angustiaba ver las casas inmóviles, sin vida sabiendo que sus habitantes estarían durmiendo en paz, o quizás no, pero estaban seguros porque aquél era su territorio, lo conocían. Sabían a dónde ir cuando quisieran comprar pan, sabían el camino más corto hacia el Hiper. En cambio, yo era un extraño moviéndose entre la niebla. Perdiéndose cada vez más en los negros senderos. Vi una escena surrealista, absurda. Un tipo sentado en un banco en medio de un gran descampado. Hacia el fondo, más oscuridad y más descampados. Pasé a su lado rumbo hacia donde lo oscuro y desconocido parecía total. La camioneta del CAP volvió a pasar. Vi tanta oscuridad, tanta desolación frente a mi, mientras algunas gotas de lluvia caían sobre mi rostro y la bruma tocaba mis ojos que decidí dar media vuelta y volver. El tipo surrealista ahora estaba parado en medio de la calle de espaldas a mi. Me fui acercando hacia él y cuando estuve a su lado vi que llevaba un celular de fantasmal luz azul en la mano. Le pregunté por la Monseñor Pablo Cabrera. Dio gusto escuchar una voz. Sonaba amable, habrá tenido mi edad. Me dio algunas indicaciones, no estaba seguro. Él también estaba casi sin rumbo fijo y no encontraba el camino que buscaba. Quizás en aquél paraje íbamos a parar todos los que estábamos perdidos. Le di las gracias y aquel individuo anónimo me deseó suerte en medio del amarillento y onírico paisaje.
Eché a andar nuevamente esperando encontrarme realmente con la Monseñor Pablo Cabrera pero intuyendo que no era muy probable. Mis pisadas siguieron dejando su eco. A lo lejos se escuchaba el insistente y desagradable canto de un gallo. No había miedo, aún no existía el peligro de caer en la locura, lo que había era una terrible e hiriente sensación de soledad, soledad absoluta. Pensé en lo que me había pasado y lo consideré absurdo y casi imposible. Hacía tan solo unas horas me había encontrado en mi casa. Con mi hermano tocando los temas de Wakeman en el teclado, con las risas de mis padres, con la Seda caminando por todas las habitaciones y su nostálgico maullido. Hacía tan solo unas horas había estado acompañado, riéndome en medio de divertidos comentarios, con cervezas y palitos salados. Ahora estaba solo. Solo en un lugar desconocido, oscuro, con la bruma rodeándome, escuchando el triste sonido de mis pasos en el asfalto y el molesto canto del gallo, perdiéndome en delirantes laberintos. Entonces me acordé de Dios. De ese Dios que cada vez veía más lejos. Que cada vez recordaba menos. Me acordé de Él. Supe que había sido Él quien me había metido en semejante y grotesca situación. Supe que no había forma de escapar de sus manos. Me acordé de todo lo malo que yo había hecho. Pensé que en aquel momento se iba a decidir si Dios quería ser mi amigo o mi enemigo. Eso pensé en mi enferma mente, rodeado por la bruma. Entonces le pedí perdón. Perdón por mi cinismo. Otra vez lo entendía. “Y por favor, llevame a mi casa”
Un perro se alertó por mi presencia. Recibí sus ladridos. En el asfalto vi los baches llenos de piedras. Pensé en tirarle una, pero no era una buena idea. Al fondo de la calle divisé una ruta iluminada. Dos remises pasaron. Era la Roberto Cayol, otra vez. Donde todo había empezado. Hacia allí me dirigí. Con un poco de suerte podría tomar un remis que pudiera encaminarme. Me encontré nuevamente en esa calle. A lo lejos volvió a pasar la camioneta del CAP. Eché a caminar en dirección contraria hacia donde me había dirigido toda la noche. Pasó un auto de color bordó. A lo lejos venía otro. Se detuvo en una esquina, a algunos metros. Creí que era de color blanco. Sus luces no me dejaban confirmarlo, entonces vi que era del clásico color verde de los remises. Estaba dejando gente en su casa. Me acerqué, le pregunté si estaba disponible, el remisero, de unos treinta años, con barba y cara de bueno me dijo que sí. Me subí. “Llevame hasta el CPC de la Monseñor Pablo Cabrera”. En cuestión de minutos estuvimos allí. Ahora si podía ver un paisaje conocido. Hasta el aire parecía diferente. Me bajé y caminé las cuatro cuadras hacia mi casa. En ese momento, aún con la bruma húmeda que tocaba mis ojos, con las tristes luces amarillas de la ruta, con el cielo totalmente gris, con el horizonte oscuro y con el melancólico sonido de mis pasos, supe que no había paisaje más hermoso que aquel. Y también supe que en realidad nunca había estado solo. Nunca en toda la noche. Había estado en un silencioso y negro laberinto, con la fantasmal neblina pasando sobre mi, metiéndome en calles que no recordaba haber caminado nunca, sin nadie a mi lado que me acompañara diciéndome cosas al oído, sin un lugar donde descansar, perdido, completamente desorientado y sin embargo nunca había estado solo.

2 comentarios:

vistoria dijo...

cuchame, morocho...NO-PODESSS-PERDERTE-
EN-TU-PROPIA-CIUDAD.
NO!.

hacéte ver.
gracias.

º·.Such a little raven.·º dijo...

la ciudad es grande... todo puede pasar...
Mire si lo asaltaba alguna de esas "almas caritativas" !!!
En fin